Correos ya no es lo que era, un servicio dedicado al tema postal y otrora también, al telegráfico. Entrar ahora en una oficina de Correos es como hacerlo en el supermercado que tengo frente a mi casa. Con una clara diferencia: que el súper se dedica en exclusiva a lo suyo, es decir, surtir de pan, carne, pescado, leche o embutidos, por poner algunos ejemplos, mientras que Correos, tiene como misión desde su nacimiento el servicio postal, o sea, cartas, paquetería, certificados, venta de sellos o giros.
Viendo el panorama mientras se guarda cola, se aprecia que tienen aquello como si fuese un bazar chino o una tienda de barrio donde se ofrece de todo y con escaso personal de ahí las colas que se montan, simplemente para recibir un paquete como me ocurrió recientemente, estuve casi tres cuartos de hora para recoger un libro que me enviaban. Y los mayores, o los minusválidos, a esperar de pie la llegada del turno porque ni se les da prioridad, como sucede en otros países, ni se les ofrecen asientos para calmar la espera.
Una oficina postal, a simple vista, puede ofrecer venta de libros, se puede adquirir el último de los publicados de Astérix, venta de lotería nacional e incluso de muñecos, todo ello sin olvidar otras actividades que lleva a cabo Correos como el transporte de mochilas a los peregrinos.
Cabe preguntarse entonces si los libreros, los loteros o los taxistas no tienen nada que decir ante esta competencia de una empresa que tras más de un siglo como pública, ha sido privatizada, iniciándose el proceso con Felipe González, luego con Aznar, siendo Alberto Núñez Feijóo, cuando estuvo al frente de Correos, el artífice de la privatización total hasta convertirlos en lo que es actualmente: una chamarilería.