Almohada

EMILIO R. PÉREZ DESDE EL ALTO

LUGO

22 ene 2025 . Actualizado a las 19:18 h.

En mi domicilio aquí en el alto cuento con cuatro dormitorios; cuatro almohadas, por lo tanto. Aunque podría tener más de una cama en alguno de ellos y habría más almohadas, claro, pero no es el caso. Hay quien es más partidario de cojines, pero a mí el cojín no me seduce, doy bastantes vueltas cuando duermo y me andaría la cabeza dando tumbos con el lógico cabreo de las cervicales. Con la mía es con la que peor me llevo. Natural, con las otras nunca duermo y no hay confianza; y ya saben que la confianza estrecha acaba por dar asco y la injustificada, como dijo un día Luca de tena, induce al menosprecio.

La almohada es el objeto más cercano, más íntimo que tenemos. También lo son las otras piezas de la cama: colchón, sábanas o mantas, pero la almohada es el reposo sobre el que descansa nuestra cabeza, esa parte nuestra tan llena de ideas… malas, buenas; la receptora de nuestros pensamientos, controladora de nuestros íntimos secretos, nuestros sueños… Si no es tu aliada hay que tener mucho cuidado: un topo ahí infiltrado, en tu propia cama, causa estragos. Porque anda que no tienen que contar nuestras almohadas.

Me río yo de esos espías de película, o incluso reales, esos del Kremlin o de La Casa Blanca, ya les gustaría a ellos saber lo que saben las almohadas. Un batallón de almohadas es el ejército más poderoso del Universo. A mí me llega con la mía. Ya les tengo a ustedes informados: es indiscreta, lenguaraz y maliciosa, pero callo por si acaso. Porque anda que si cantara… menudo escandalazo. Y ustedes, ¿cómo se llevan con la suya?... Ah, ¿que es muda? De eso nada, las almohadas hablan. Agucen sino el oído. No el de carne y hueso… el del alma.