Alcarrás

Suso Varela Pérez
Suso Varela TRIBUNA

LUGO

En ocasiones del cine español emergen monumentos, como islas dentro de un panorama cultural banal y lleno de fuegos de artificio. Son como milagros que además de elevarse entre tanto celuloide inútil dejan huella en el espectador y en el futuro del cine. Una de esas obras es «Alcarrás», la segunda película de Carla Simón, que ya hace cinco años impresionó con la también imprescindible «Verano de 1993».

Asistir como espectador a «Alcarrás» es toda una experiencia. Simón nos invita a que entremos en la casa de una familia de agricultores de melocotones, pero a la vez nos conduce hasta el alma de unos personajes que viven, padecen y sienten la vida real, pegados a la tierra y con un futuro incierto.

Es imposible no acordarse de Víctor Erice o de nuestro Oliver Laxe cuando uno contempla una película de Carla Simón, una autora valiente, tanto en lo artístico como en los problemas sociales que aborda. Y todo, siempre, sin hacer demasiado ruido, en un cine en el que aparentemente no sucede nada, pero que a fuego lento van ampliándose las capas emocionales suficientes para crear una obra imperecedera.

No es casual, como hizo Erice en su cine, que en las dos películas de Simón los niños, y en especial su mirada, sea tan importante. La inocencia de la infancia es también la misma con la que los espectadores tienen que acercarse a una película como «Alcarrás». Son de esas obras que al finalizar dejan en el espectador un sentimiento de ser mejor persona. La sencillez es lo más difícil de conseguir.

*Alcarrás puede verse en los Codex Cinema.