Alma de poeta

Emilio R. Pérez DESDE EL ALTO

LUGO

Aunque sostengo que fui agraciado con el don de la fealdad, mi amiga Conchi considera que no es cierto. Asegura convencida que la belleza va por dentro. Me mandó un mensaje días atrás con este texto: «Lo que llevas en las manos es fugaz, lo que llevas en el alma es infinito». Lo cual es un alivio y me deja más tranquilo. Eso creo… Aunque pensándolo mejor…, en fin, muy tranquilo no me quedo. Porque, a ver: mi cara de empanada de lacón con grelos la refleja un simple espejo; pero mi alma, en teoría algo más bella, ¿dónde diablos puedo verla?..., ¿en el infinito? Buf, con lo lejos que eso pilla… Qué faena. Y digo yo, ¿no hay nada por casualidad algo más cerca? Porque es que, claro, teniendo uno un careto en plan bollazo se le ve a las leguas, pues te miran como objeto de deseo; pero teniendo solo un alma de un cinco raspado, pongamos, por muy lírica que sea qué, cómo te miran, ¿haciéndote una placa?, qué te dicen, ¿caray, vecino, vaya pibón que luce usted por dentro?; o, ¿qué preciosa tiene el alma esta mañana?... Vamos anda. A saber si te estarán tomando el pelo. Podría contemplar también la cirugía…, pero hombre, tampoco es eso; al fin y al cabo como Quasimodo aún no me veo. Y a mis años. Hey, doctor, arrégleme este engendro. Qué vergüenza. Lo analizo aquí en el alto observando esa ciudad del fondo que rodea una muralla: la vieja y adorable madre que me parió hace tanto tiempo. Asomada esta alma mía de poeta a mi ventana se lo canta: Lugo, vida mía, aun con los lifting que te han hecho, tu vetusta anatomía hace aguas, pero tu alma de romana es tan hermosa, que enamoras sin quererlo a media España.