Siempre me han atraído las figuras de los ladrones, pero no de los vulgares raterillos sino de los que recurren a ciertas especialidades para llevar a cabo sus fechorías como es el caso de los carteristas, de manos delicadas, los trileros, asombrosos en el manejo de los cubiletes o, como no sorprenderse ante esos ladrones, hombres araña, que son capaces de trepar por paredes perpendiculares y sin apenas salientes para acceder a alguno de las viviendas my hacerse así con el botín.
Me entusiasman a su vez las películas de robos como “El gran asalto al tren”, ya sea en su versión en blanco y negro o en color, “Atraco perfecto”
o similares, donde la inteligencia se pone al servicio de la delincuencia con elaboraciones previas, estudio de los lugares, preparación de la infraestructura para llevar a cabo el robo, etc. es decir, meticulosidad antes de llevar a cabo lo que se entiende por el plan perfecto.
Por ello, siempre he sido un asiduo lector de las páginas de sucesos de los periódicos, en especial a aquellos sucesos relacionados con guindaleras profesionales sin llegar, claro está, a la espectacularidad de “La casa de Papel” que eso además de ficción, es de otro mundo.
Hay robos que parecen increíbles o mejor dicho, que hacen increíbles a sus protagonistas. Por ejemplo, todos sabemos que dado el nivel de lectura en este país, nadie entra en una librería a robar un libro excepto los jóvenes aficionados a la lectura pero de pocos posibles. Pues ayer traía la prensa que un ladrón habitual fue detenido por robar en una librería pero, ¡oh desilusión!, no afanó ningún libro sino los 700 euros que había en la caja.
Claro que para necedad la de esos dos menores que figuraban también en las noticias de ayer, los cuales habían hurtado un bastón y una concha de peregrino, así, sin más y es que, desde luego, hay ladrones, y ladrones.