Tras el cristal

Emilio R. Pérez DESDE EL ALTO

LUGO

El día que recibí en el HULA mi primera dosis, me llevé otra buena dosis de sangrante y cruda realidad. Me explico.

Subo la escalera y atónito me quedo: «Aquí tiene que haber algún error ?me digo?, ¿son estos los de mi década?..., o hay más décadas vacunándose por otras plantas del hospital».

Pues no, era mi década, la prodigiosa. Cagoensós ?digiero amargamente el trago?, qué mal se conservan. Me miro en una luna que hay enfrente y, ya te digo, sigo siendo el mismo bollo que fui siempre. ¿Y esto?

Yo les aseguro que el invento más rastrero y pernicioso que hay sobre la tierra no es la rueda ?y mira que la rueda lleva tras de sí unos cuantos muertos?, no: es el espejo.

Es cierto. Se lo digo en serio. Ese maldito e inútil artefacto plateado, tan tieso, estirado y arrogante, colgando en la pared o luciéndose en la puerta de un armario, mirándote meloso, mintiéndote, haciéndote creer que sobre ti no pasa el tiempo…, ese, ese es el culpable. Ese indecente vidrio está obsoleto, caducado; ¿han visto que le pidan la ITV o revisión por el estilo?... Nooo, ese bribón con pintas, haciéndote creer que el guapo mozo que te mira es una imagen real, no es más que una falacia, una mentira.

Sólo vale para hacer la raya o arreglarse la corbata. Y tú, cándido pazguato, sales ahí afuera tan campante creyéndote el rey del mambo y, ¡hala!, pasa lo que pasa. Yo les digo que ese engendro artificioso y retorcido nos engaña.

En fin… La vida en sí no es más que una falacia. Claro que si la cruda realidad a la que tengo que agarrarme aquí en el alto, es ese horrible y espantoso espectro que refleja cada día al despertarme, mejor dejar que siga mintiendo y a mirar para otra parte.