No iba a ser un partido fácil y no lo fue. Tampoco hubo sorpresas en su desarrollo. Como se preveía, faltó Llompart, pero era sabido que sobre Pitts iba a recaer la responsabilidad de llevar el equipo casi todo el tiempo (34 minutos estuvo en cancha). Y también la de anotar. Aun con 17 puntos, no fue su mejor día en este aspecto e incluso se chupó algún tiro sin venir a cuento. Pero del banquillo surgió una gran ayuda y un héroe inesperado: Chemi Urtasun. Cuando tenía problemas le ayudó a dirigir el juego y de paso fue el máximo anotador. Ambos estuvieron rodeados una vez más de un equipo largo, con muchas rotaciones que le permitieron, pese a sentir siempre muy cerca el aliento del Breogán, llegar enteros al final del encuentro y rematar su triunfo con calma en los dos últimos minutos. Todo lo que en el Alicante fue calma y fluidez, en el Río fue ansiedad y precipitación.
El inicio del partido fue una locura, un acierto infinito en el tiro exterior de los dos equipos -después llegaría- la normalidad y una dejadez defensiva que auguraba una anotación de récord. Una falsa impresión.
Kevin Larsen estaba en su línea habitual. Siete puntos en un suspiro. De ahí al final, solo diez puntos más. Pero en el tiro exterior el Alicante nos freía. A los grandes del Breogán les costaba salir de la cueva para ayudar en la defensa del perímetro. Como un marcador desfavorable comenzaron las rotaciones y, afortunadamente, hay que decir que la segunda unidad hizo un buen trabajo, no permitiendo que los visitantes ampliaran su ventaja.
El acierto exterior daría paso al desacierto y el enfrentamiento tomo un tono áspero que lo llevó a un final agónico. Esta vez al Río Breogán le salió cruz y habrá que pensar por qué algunos jugadores, por ejemplo Soluade, hace tiempo que han disminuido sus prestaciones. Y ante la inminente llegada de los decisivos play-offs, también habrá que pensar si Ahonen tendrá tiempo suficiente para alcanzar su mejor nivel.
Un deseo, que todo lo malo suceda ahora. Después ya no tendrá remedio.