Pasear por Lugo en ocasiones resulta ciertamente insustancial. Me refiero a si es de noche, llueve y todo eso. Y es invierno, te mojas y hace un frío de la muerte que te hiela hasta los huesos. Me suele suceder algunas veces, lo cual no dice mucho en mi favor. No es muy normal.
Me sucede los domingos mayormente, tras asistir a misa de ocho en nuestra hermosa catedral. A mí la misa de ocho de la tarde me produce un no sé qué. No el acto en sí, qué va; eso depende del momento: algunas tardes, lo confieso, se me va la olla y no me entero ni del Evangelio. No, no es eso. Es el órgano. A la música gloriosa del órgano de tubos me refiero.
Cuando un espacio tiene buena acústica -y en la catedral de Lugo, se lo aseguro, es magnífica-, oír sonar un órgano de tubos es mundial, es como oír sonar música del cielo. Qué sonido más sublime. Qué grandiosidad. A mí, lo juro, me hace levitar el alma, me enciende, me mece un algo muy profundo que me pone fuera de este mundo por momentos. Por eso cuando salgo doy ese paseo insustancial por Lugo; porque estoy flotando, mecido aún por sus gloriosas notas. Llevo el alma levitando y no me entero de la lluvia, ni del frío, ni de la noche oscura en que me muevo. Qué pedazo subidón que llevo, Virgen Santa, qué divinamente eufórico me siento.
Así que sí, debe ser cierto que a cualquiera que me vea le pudiera parecer un tipo raro, un zumbado; no en plan estrangulador de Boston, que a tal nivel no llego, pero sí como para causar un cierto yuyu moderado. Aunque ya les digo, es el órgano de tubos. Desde mi ventana aquí en el alto, sea usted creyente o ateo, se lo recomiendo. Suena inmenso.