Tempus fugit


El tiempo pasa tan aprisa que, cuando llegas a mañana te parece que es ayer. Y si extrapolas ni te cuento: yo algún día me despierto cuarentón, pero al pisar el suelo pego un «ai, meu lombo!» que me pon ao rego. Dicho lo cual, ¿a qué viene todo esto?

Me explico. Ha pasado un mes y, paseando por ahí, aún me encuentro con motivos navideños. Nos dura la resaca, me digo. Sin ir más lejos, aquí en el alto, a escasos metros de mi casa, sigue el Chuletón con su terraza iluminada con las luces de colores parpadeantes; o algo más abajo, justo entrando ya en Camiño Real, El edén del paladar luce un lindo abeto de bombillas. Ojo, y hay más. No sé… Quizá cuando esto vea la luz los han quitado. O no. Total…

Sin apenas darnos cuenta, carnaval, Semana Santa, el Arde Lucus, el verano y San Froilán nos habrán pasado por delante como un flash; llegarán de nuevo los anuncios de colonias, villancicos y en las calles y locales se pondrán las luces de colores rutilantes que anuncian una nueva Navidad. Y en pasando Reyes otra vez se apagarán. O no. Total…

En fin, un año más que habrá pasado. Y quien esto firma se levantará por la mañana, el lombo le dirá que de 40 nada y, asomado a su ventana aquí en el alto se pondrá a escribir. O no.

Un año es nada. Un año es solo un gajo de naranja que te vas comiendo día a día; o de limón si ya estás viejo.

Un año es mismamente esta columna; desde mi nombre de ahí arriba hasta el afable «buenos días» con que acabo. Un año es eso: tres o cuatro «buenos días» que se van sumando gajo a gajo hasta que el cítrico se acabe y te vayas al carajo. Y ya no escribas. Un año es eso. Por cierto: feliz año…, con retraso. O no. Total… Buenos días.

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