Navidad y ansiedad

María Guntín
María Guntín SENSACIONES

LUGO

El martes es Nochebuena y el miércoles, Navidad. El viernes, en la plaza de abastos de Lugo una mujer de mediana edad intentó coger de ganchete a una chica de algo menos de 30 años que, con total certeza, sería su nieta. Ella se negó. Al salir del mercado, los coches presumían de bocina y, con el centro colapsado, ni los más pacientes eran capaces de poner buena cara a hora punta.

Con la llegada de las fiestas hay quien disfruta y quien pone mala cara. También está quien decide ponerse una máscara y fingir que se alegra, aunque en el fondo se le caiga el alma. Recuerdo que las fiestas más felices las pasé en la casa de mis abuelos, en Moldes (Melide). Me acuerdo de mis madres, de mi padre, de mi tío. De todos ellos sentados junto a la cocina de leña bebiendo vino y charlando. Aún sabiendo que seguro hubo muchos problemas, mi cabeza no ha almacenado ni uno y tan solo regresa en cuanto puede a los días 1 de cada enero, en los que mi abuelo me despertaba y nos íbamos a desayunar churros. A veces, los traía él. Seguí esa tradición durante años como si de una norma se tratase.

El viernes, miré mal a esa chica que trató de zafarse de los brazos de su abuela. Después recordé todo esto y pensé que quizá ella no quería cigalas, almejas o cordero. La depresión aumenta en Navidad y también las discusiones porque por algún maldito motivo el contexto, las luces y la gente obligan a pensar en cómo avanza la vida. Porque la Navidad está muy bien cuando no ha muerto nadie de dentro y hay trabajo, salud y amor. Pero habría que valorar más los silencios en la mesa.