El técnico de Mieres pasó por todas las categorías del baloncesto y ahora honran su trayectoria
15 dic 2017 . Actualizado a las 12:00 h.Ricardo Hevia (Mieres, 1940) es hoy un maestro para muchos entrenadores en la élite del baloncesto. Respetado tras tres décadas dedicado en cuerpo y alma a un deporte del que sigue enamorado recibe, 20 años después de su retirada, el premio Raimundo Saporta por su trayectoria en los banquillos. «Soy un señor de un pueblo que terminó en la ACB», introduce su historia el técnico asturiano. Su camino hacia la cumbre germinó para él en su localidad natal, en pleno corazón del principado.
«Cuando empecé en esto nunca se me pasó por la cabeza ser profesional y vivir del baloncesto. Entonces los grandes entrenadores eran los que antes habían sido jugadores de nivel», recuerda Hevia. Inició su carrera en el minibásquet, con apenas 25 años, y fue creciendo como entrenador dirigiendo equipos de su entorno y pasando por casi todas las categorías. Se sacó el título como entrenador siendo el número dos de su promoción y se hizo a sí mismo viajando, estudiando y viendo muchísimo baloncesto para aprender nuevas técnicas e implementarlas después en sus equipos.
«Quien de verdad te hace entrenador son los rivales, cuando tienes que competir con tíos que te plantean problemas de verdad y tienes que resolverlos», concluye. Recuerda que descendió con el Gijón tras un partido duro con el TAU cuando bregaba en Segunda, la LEB Oro de entonces. «Mi primer gran éxito», sonríe sarcástico. Se tiró varios años entre Oviedo, Gijón y León empapándose de esa profesión en la que todavía no se veía del todo.
Mediados los setenta empezaron a aparecer, en los equipos de aquellas latitudes, los primeros jugadores extranjeros. Entonces Ricardo Hevia entrenaba al CAU ovetense. «Vino una expedición americana ese verano y sabíamos que los equipos en los que había un jugador de fuera se salvaban seguro, así que fui hablar con su técnico para fichar a uno de ellos. Me preguntó qué necesitábamos y le dijimos que nos daba igual la posición, pero que queríamos al mejor». Ficharon a un americano no muy alto que cobraba unas 7.000 pesetas de la época. «Jugaba de todo», recuerda Hevia, «había un equipo de atletismo de Primera División que entrenaba en el campus y el primer día que llegó batió el récord de salto de altura. Era un portento físico». No solo les salvó la temporada, estuvieron en la parte alta.
Temperamental y honrado
Se ganó el respeto en vestuarios de media España gracias a su honradez. Conocido por sus ataques de genio en la pista, Ricardo Hevia siempre dice lo que piensa. Su sinceridad le ha costado algún disgusto y un reguero de anécdotas con árbitros y jugadores. Hace memoria para recordar un partido entre el OAR y el Real Madrid a principios de los noventa. «Me expulsaron en un arranque de rabia», «nunca se ha pitado igual a los grandes que a los pequeños», justifica. Las crónicas de la época cuentan que le tuvieron que separar del árbitro, Mateo Ramos, al que llamó de todo: «Es verdad que me enfadaba a veces y cuando me enfadaba... me enfadaba. Pero lo tenía controlado y lo hacía porque creía que tenía razón. A veces es la mejor manera para buscar una reacción. Nunca lo hice porque sí ni para trampear». Años después, le vieron jugando al mus con Ramos, tan amigos.
En Lugo se cuenta que dejó a Manel Sánchez en tierra. Cansado de que el escolta del Breo fuera el último en llegar al autobús.
La primera victoria del Breogán al Real Madrid
La puerta de la ACB se abrió para Ricardo Hevia en Lugo. El Breogán le llamó a comienzos de la temporada 88-89 tras la marcha de Pepe Clavijo. «Fuimos de menos a más aquel año», recuerda Hevia, que pasó por el conjunto lucense en diferentes etapas. Caracterizado por sacar un gran rendimiento de equipos modestos, consiguió el objetivo de atar la permanencia. «Ese año nos salvamos en el quinto partido del playoff».
Volvió después de una temporada en el OAR ferrolano en la que «me lo pasé genial y me quedaron grandísimos recuerdos». Con él en el banquillo y Víctor Varela en la gerencia del club pasaron por el Breogán jugadores como Ken Orange, Perasovic o un jovencísimo Greg Foster, que brillaría años después en la NBA.
Un aplauso imborrable
Fue el primero en conseguir que el Breogán venciese al Real Madrid, en una época en la que eso parecía un imposible. 83-69 en un partido en el que los celestes estaban muy mermados físicamente, con apenas seis jugadores para competir: Juanmi Alonso, Miguel Fernández, Xavi Roca, Manel Sánchez, Claude Riley y Mike Giomi. «Ahí fue realmente cuando me di cuenta de cómo se vivía el baloncesto en esta ciudad», cuenta Ricardo Hevia, «después de ese partido, entré en un sitio a tomarme una copa y todo el mundo se levantó para aplaudirme, me pareció alucinante».
Su carrera le llevó después a ciudades como Salamanca, donde vivió una agria experiencia tras la salida de Fernando Merchante, Murcia o Ourense, donde no pudo evitar el descenso de la ACB tras una situación deportiva muy complicada. Durante todos esos años fue a varias concentraciones de la selección española y también se granjeó un gran reconocimiento en la antigua Yugoslavia, lo que le llevó a alternar con jugadores de la élite como Drazen Petrovic.
Hoy, Ricardo Hevia sigue respirando baloncesto. No aparta los ojos del Breogán y escribe sobre él en La Voz de Galicia.