Espejos y dudas

Carlos Melchor DESDE LA GRADA

LUGO

La oferta de ocio en Lugo es muy escasa, o, «para cubrir de forma interesante el tiempo libre debo escapar de la ciudad» son dos de los mantras que se escuchan en repetidas ocasiones. Mucho habría que decir de las peculiaridades de los lucenses al respecto. Pero no cabe duda que acudir al fútbol en familia un soleado sábado de octubre podría ser una buena opción. Bien es verdad que la oferta deportiva es enorme y de gran calidad, pero habría que preguntarse por qué sigue sin calar de forma masiva el Lugo en la ciudadanía. La realidad es que, sin haber llegado aún los días de climatología adversa, la mejor entrada que ha tenido el Anxo Carro ha sido de unos 3.500 espectadores. Todo, a pesar de que el equipo está situado en un histórico cuarto puesto y que el fútbol creativo y vistoso que despliega obtiene repercusión nacional. No podría existir un escenario más atractivo. Paso a paso, el club se va modernizando. A pesar de que aún existen campos en los que el déficit es enorme, la mejora en muchos otros es notoria. Y al fin y al cabo, el futuro de un club profesional pasa inexorablemente por el respaldo que tenga por parte de la afición y por las raíces que consiga echar a nivel social. Desde una perspectiva crítica, están muy lejos de las que tenía el Breogán en sus años gloriosos de ACB, cuando era capaz de meter cada jornada a cerca de 6.000 personas en el Pazo. Las comparaciones siempre son odiosas; los contextos y las épocas, diferentes; pero la respuesta del público no está a la altura. Es de esperar que medidas como facilitar a los socios entradas a un precio reducido puedan conseguir que el Anxo Carro reciba a más aficionados. Cuantos más seamos, mejor será el porvenir del club. Todo, sin pasar por alto el clamor popular hacia la gestión política de la controvertida actuación de la cubierta de la grada de preferencia. Nadie da la cara ante semejante despropósito, mezcla de ineptitud y desidia. Han pasado nueve meses desde el anuncio oficial de la obra y nada cambia. Vergonzoso.