Por desgracia, son muchas las familias gallegas que el pasado año perdieron a uno de sus miembros, pero 87 de ellas son especiales: los hombres y mujeres que, a pesar del dolor del momento, tuvieron la grandeza moral y la valentía personal de firmar los papeles de donación para que personas desconocidas, como yo, tuvieran una segunda oportunidad.
Vivir dependiendo de una máquina a la que enchufarte diez horas cada noche no es tan malo como parece, de verdad, es mucho peor el conjunto de pequeñas cosas que eso conlleva: las dietas, la medicación, el cansancio permanente, la tristeza de volver cada noche a la rutina y sobre todo, la certeza absoluta de que el tiempo se acaba. Y entonces, el médico te habla de la lista de espera, de la posibilidad de un trasplante y es como si el cielo se rompiese y un rayo de luz lograra abrirse paso.
Pero pasan los días, los meses, los años? pegada a la máquina, pegada al teléfono. Pasando de la ilusión de la llamada que esperas, a la pena del teléfono que no suena. Y sigue pasando el tiempo. Hasta que al fin: «Hola, ¿está Delia?, llamo del hospital?». Primero el silencio de la sorpresa, después el torbellino de las prisas para arreglarlo todo (las niñas, los abuelos, el coche, la maleta, los informes?) antes de salir, nerviosos, hacia el hospital. 87 familias que donan desde la pena. 291 familias que reciben ese trasplante entre el temor a que algo vaya mal y la inmensa alegría de una vida nueva.
Una vida no sólo para ti y tu familia, también para esa media docena de amigos incondicionales que han sufrido contigo y ahora lo celebran a tu lado, para la dueña del quiosco que te ha mandado flores, para los del súper que te felicitan con una sonrisa. Una cascada de alegría, de vida, que va derramándose a tu alrededor, mientras todos se preguntan: ¿Quién habrá sido el donante?
Hace ya bastante tiempo y, sin embargo, no pasa un solo día sin que me acuerde de él, de su familia, de lo valientes que fueron, que siguen siendo, pues cada día que pasa es un regalo que me hacen. Y como desde allá arriba me estarás viendo, que sepas que intento hacerlo mejor cada día, que me esfuerzo por merecer el regalo que me has hecho y, por supuesto, que te recordaré con cariño todos y cada uno de los días que me queden por vivir. ¡GRACIAS!