Nuestras exportaciones

Manuel Piñeiro

LUGO

La historia de este enclave del noroeste peninsular está marcada por la misma constante pesadilla: la emigración. Castelao decía que el gallego no protesta, emigra. No sé si esta decisión inexorable es una muestra de cobardía por no ejercer la protesta y mantener una equívoca mansedumbre, o si, por el contrario, es el resultado de una sabiduría congénita del gallego por la única decisión que le queda.

No lo sé, pero mirando los datos actuales de Galicia, dentro de la crisis global y estatal, seguimos ocupando el índice de recesión económica más grave del Estado. A saber, 260.000 parados, con una tasa de crecimiento del mismo que duplica la media nacional; un endeudamiento de siete mil millones de euros, de los cuales tres mil son en los dos últimos años y medio; unas pensiones inferiores a la media nacional de 143 euros mensuales; unos funcionarios con los sueldos más bajos del Estado y, en fin, una economía depauperada y una emigración que ya supera a la inmigración reciente.

Ya no digamos en Lugo, como provincia más deprimida de la autonomía. Y esta constante depresiva es tan antigua, que se pierde en el túnel del tiempo. Un país ligado a la emigración es un país ligado al fracaso, y este es el mejor barómetro de la nefasta e irresponsable política de sus gobernantes. Si el paro juvenil sobrepasa el 50%, solo nos resta aplaudir la fuga de cerebros a Alemania, por ejemplo, donde muchos de ellos encuentran un puesto digno de trabajo para su incuestionable titulación. Por eso, solo exportamos emigrantes. Es nuestro signo indeleble.