«Tres encapuchados secuestran a punta de pistola al obispo de Lugo. Monseñor, maniatado por la espalda y utilizado como escudo humano para acceder al botín, fue retenido mientras sus captores consumaban el robo del Santísimo y numerosas piezas de gran valía custodiadas hasta ayer en el museo catedralicio». Ojalá nunca leamos semejante noticia, y ojalá nunca hubiésemos leído lo ocurrido hace unos días en la hermana Compostela. Por desgracia así fue, los titulares devoraron portadas y la noticia dio doce vueltas al mundo. Investigación y reproches en materia de seguridad aparte, sí tenemos claro un aspecto, dicha acción no ha sido obra de un «gorrilla» que pretendía fundirse en un abrazo con Santiago el Mayor y pasaba por allí. A mi juicio, la autoría intelectual, la de la cabeza pensante, es peligrosa. Olvidemos por un instante al brazo ejecutor del ladrón de guante blanco. En la Catedral de Santiago no se ha robado simplemente un libro importante, se roba parte de la Historia, y eso son palabras mayores. Soy poco original con el título del artículo, utilizo el de mi segunda novela, que aborda precisamente, y quisiera que no existiesen las casualidades, los robos masivos de obras de arte durante la Guerra Civil, muchos ficticios, otros no tanto. Pero sí recuerdo cómo investigué a «mi ladrón», una persona sin escrúpulos, y que es capaz de absolutamente todo, hasta de segar vidas a diestro y siniestro para saciar caprichos personales que hurtan no solo un bien artístico, sino un legado cultural e histórico de todos, y eso sí es peligroso.