Los agentes de la autoridad nunca han gozado de buena fama, sobre todo entre los delincuentes.
Entre tanto cuerpo policial, para mayor gloria de no se sabe muy bien quién, el que goza de más reconocimiento entre el pueblo llano es la Benemérita. La Guardia Civil, con sus luces y sus sombras -que de todo tiene que haber en la historia que construimos los hombres-, es la que se ha ido granjeando el respeto por su actuación en muchísimos asuntos de la más diversa índole. Los picoletos gozan de cariño y afecto, aunque a veces a los cumplidos ciudadanos se nos pongan los pelos como escarpias cuando la vemos lustrosamente uniformada en el arcén de la carretera.
Así que cuando leí que la jueza de la operación Carioca había abierto diligencias a tan estimado colectivo en nuestra ciudad, se me cayó el alma a los pies y aún no he sido capaz de recolocarla en su sitio.
La encomiable magistrada alega haber sufrido obstrucción a la justicia. Al parecer, en la comandancia de Lugo han tardado hasta tres meses en atender sus requerimientos. Es lamentable que algo así pueda ocurrir. Es una pena que la justicia no solo tenga que enfrentarse a los malos, sino que también se las tenga que ver con los que, al menos a priori, eran los buenos.
Son estas cosas las que manchan la buena fama de un cuerpo como el de la Guardia Civil y terminan con su valiosa reputación. Pero en cualquier caso tampoco sería justo hacer pagar a justos por pecadores.