Es tarde para lamentarse

María Campo

LUGO

Llevamos un año y pico de investigación en la operación carioca. El mundo de la prostitución ha permanecido casi oculto. O, al menos, bajo el velo de la supuesta indiferencia con la que tratamos todo lo que no queremos ver. En una sociedad en la que cada día se hace más hincapié en la necesidad de proteger al sexo femenino, resulta que nos habíamos olvidado de la realidad. En ese orden políticamente correcto en el que vivimos dejamos de lado la verdad que viven muchas mujeres. La hipocresía que nos caracteriza llega a límites insospechados.

Ahora todo sale a la luz. Las dimensiones del escándalo van in crescendo porque, en mayor o menor medida, están salpicando a casi todas las fuerzas de seguridad. Han abusado de su posición de poder. Y en eso no son diferentes a esos hombres que son condenados día a día por maltrato o asesinato. Asombrosamente todo el alboroto no es consecuencia de que se conozca por fin la penosa situación vivida por muchas mujeres, sino que en ello se vean implicados quienes a priori son los encargados de evitarla, corregirla o castigarla.

El alcalde está apenado por la imagen que con todo este entramado se está dando de esta ciudad. Y con él lo estamos el resto de los ciudadanos. Hemos pasado de un «Y para comer Lugo» a un «En Lugo somos así». Y el «así» de los detenidos e imputados no es algo que vaya a despertar el entusiasmo de los que quieran venir a visitarnos. O sí, porque el morbo también tiene sus adeptos. La preocupación debería haber sido anterior. Los lamentos de ahora son consecuencia de una cómoda venda puesta sobre muchos ojos durante demasiado tiempo. En el pecado está, en ocasiones, también la penitencia.