L a intimidad es muy seductora. Dentro de cada uno de nosotros hay un fisgón que escruta secretos ajenos por el ojo de la cerradura. Por eso triunfa la televisión rosa, en la que se reboza de exclusiva lo que no son más que fotogramas de intimidad. Es una adaptación audiovisual del cotilleo de toda la vida. La tecnología ha ayudado a satisfacer esa pulsión de alcahuete tan común en la especie. Desde hace un tiempo triunfan las cámaras ocultas. Ofrecen imágenes de mala calidad, pero lejos de disuadir a la parroquia los defectos técnicos son un estímulo para el personal. Multiplican el aspecto verosímil de la trampa. Y colocan al espectador en la mirilla de la cerradura, desde la cual la panorámica es borrosa, apenas esbozada.

La última cámara oculta retrató a Sarah Fergusson aceptando un suculento soborno para allanar el acceso a su ex marido el príncipe. Estupor. El desparpajo de Fergie alimenta la sospecha. Una supone que cuando alguien se enzoufa en el lodo por vez primera su inquietud corporal lo delata. Pero la pelirroja aparece en las imágenes tan ancha. Controla la escena, los tiempos. Hasta abraza el maletín. Una suponía que en las alturas los cohechos, los sobornos y los pringues eran más asépticos. Que las mordidas las ingresaban intermediarios de papel en bancos suizos o en el nebuloso cajón de un paraíso fiscal. Fergusson demuestra que no. Que a la hora de toquetear la porquería no hay clases.

Sarah ha puesto a la realeza en la mirilla. Primero fue cazada y a continuación, para tratar de justificar su avaricia, le echó la culpa al whisky. Es mejor ser alcohólica que delincuente. Pero su escena de salón no parece el torpe tropiezo de un borracho. Más bien nos permite conocer en directo cómo es de verdad el tráfico de maletines. Visto uno, intuidos todos. El fisgón que nos habita está satisfecho; y la conciencia colectiva, un poco más asqueada.