Una mujer en huelga de hambre busca respuestas sobre un crimen ocurrido hace más de tres lustros. 16 preguntas rotulan el coche que ahora le sirve de casa. Pero seguro que la abruman muchas más. En todos estos años no ha recibido ninguna contestación.
Me puedo imaginar la impotencia de esta familia que perdió trágicamente a uno de sus miembros y que ve pasar el tiempo sin que pague el culpable. La sombra de la duda revolotea sobre un asesinato del que nadie parece querer saber nada. La pena no se olvida. Los años no borran el recuerdo. El tiempo trascurrido no mitiga la frustración por la indiferencia de quienes tienen el deber de buscar la respuesta.
Hace unos días un anciano fue apuñalado. La policía detuvo a un colombiano como presunto autor del crimen. La jueza que instruye el caso detecta fallos en el atestado. Faltan algunas de las pruebas y no se han realizado todas las comprobaciones necesarias. Al sentimiento de conmoción en la opinión pública ante sucesos de esta naturaleza, ahora tenemos que añadir la posibilidad de que quizás lo ocurrido quede sin esclarecer. De nuevo ante nuestros ojos la incertidumbre. Y con el tiempo el olvido callado y cómplice de los que pueden tener alguna responsabilidad.
Mandos de la Guardia Civil, de la policía, e incluso ex subdelegados del gobierno están siendo llamados a declarar en relación a la trama de los burdeles. Al parecer hacía cinco años que esto podía haberse denunciado. De nuevo el silencio, la ocultación, el engaño.
Y, en definitiva, el penoso desconcierto de una sociedad que ya no puede confiar en casi nada. ¿Es que ya no queda nadie con algo de valor o con un poco de vergüenza?