De joven, Manuel Rodríguez escuchaba la gaita en su casa; ahora, con 34 años, este vizcaíno hijo de emigrantes de Castro de Rei recrea los llamados «instrumentos pobres»
01 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Está acostumbrado a que en las calles de su ciudad se diga que «los de Bilbao nacen donde quieren». Sin embargo, él, que vive cerca de la capital vizcaína, nunca es tratado como un vasco. Ni siquiera como un vizcaíno. En Berango la gente le conoce como el gallego. Nació allí hace 34 años, pero sus raíces y sus aficiones hacen que Manuel Rodríguez se sienta tan gallego o más que los ciudadanos de A Coruña, Lugo, Ourense o Pontevedra. Antes de nacer él, sus padres, de Castro de Rei, decidieron hacer las maletas y buscar un futuro mejor lejos de casa. En Galicia el hambre y la pobreza convertían la posguerra en una dura etapa que el campo no era capaz de superar. Las tierras no producían lo suficiente para mantener a una familia y los minifundios que aún se mantenían apenas aportaban las rentas suficientes para llegar a fin de mes. Así que, con la maleta llena de ropa, los padres de Manuel Rodríguez emprendieron su viaje hacia una tierra desconocida. Como destino, Berango (Vizcaya).
En casa, Rodríguez comenzó a conocer la cultura vasca en la que había nacido al tiempo que un hombre al que le habían alquilado una de las habitaciones le enseñaba otra cultura, la gallega. Todos los domingos, al volver de misa, ese sarriano que dormía en su casa como uno más de la familia tocaba la gaita que se había traído de su tierra con otros paisanos. Rodríguez, por aquellos años, observaba con curiosidad aquel instrumento.
La inquietud por la gaita, en cambio, se fue durmiendo en su interior para dar paso a una nueva etapa. El gusto por la música gallega fue cambiando, con la adolescencia, hacia otros ritmos. Finalizaban los años 80 y la música que le dio la bienvenida en sus primeras salidas nocturnas le estaba dejando huella. Iba de discoteca en discoteca para conocer qué era lo nuevo, hacia dónde avanzaba la música. Y fue esta afición la que le dio su primer trabajo. En Sopelana, un pueblo situado a pocos kilómetros de su casa, Rodríguez comenzó su carrera profesional como disc jockey. La noche se convirtió en una forma de vivir para Rodríguez. Cada fin de semana actuaba en distintos locales de Vizcaya y volvía a casa con la emoción y la ilusión del primer día. Así pasó doce años. Sin embargo, hace seis esta afición fue perdiendo fuerza. «Antes la gente salía de fiesta a bailar, a divertirse y a ligar. Pero ahora es diferente», dice. La presencia de drogas, consumos excesivos de alcohol y peleas en las discotecas hicieron que Manuel Rodríguez abandonase su afición. Así, con treinta años, se empezó a replantear la vida. Las discotecas le habían dado trabajo durante doce años, pero Rodríguez necesitaba vivir más tranquilo. Buscó un nuevo trabajo y convirtió en un breve recuerdo el tiempo pasado.
La rutina de un obrero
Como obrero, Manuel Rodríguez empezó a conocer la rutina diaria del trabajo. Ya no podía vivir a base de trabajar los fines de semana. La música, en cambio, le dejó muy marcado. Poco a poco, estar apartado de su mayor afición le hizo retomar sus raíces. Los paisajes naturales se convirtieron en su pasatiempo. Añoraba sus veranos en Galicia. Aquellos campos verdes en los que la huella del paso del hombre apenas se notaba. Así que cogió el coche y empezó a buscar esos parajes, pero más cerca. En Vizcaya.
Recorrió cientos de kilómetros hasta que un día encontró el lugar perfecto. Era un paisaje verde. Con montes llenos de aquellas coníferas que tanto le recordaban a Galicia. La búsqueda le había servido para conocer ese sentimiento de morriña que sufren los gallegos al salir de su tierra. Una tristeza que le convirtió también en un romántico. Aún a día de hoy es incapaz de decir cómo se llega hasta el lugar. «Si alguien me lo pide yo le llevo hasta allí. Eso sí, con la condición de llevarle por una carretera y volver por otra», afirma. No quiere que nadie conozca su punto de unión con Galicia. «Somos muy pocos los que vamos allí y quiero que se conserve todo tal y como está. Como en Galicia».+