Cientos de adultos se dieron prisa para llevarse gratis el mayor número posible de volúmenes sin respetar siquiera los versos de Rosalía de Castro escritos sobre el suelo
24 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Ágora Libros era un proyecto original para difundir y acercar los libros a la población en 6 ciudades gallegas, pero en Lugo acabó convertido en un caos por la falta de previsión. A primera hora de la mañana, la Xunta y la Fundación Cumulum, con la colaboración de Seur, llevaron a la Praza Maior 9.000 volúmenes. La idea era formar con ellos sobre el suelo dos versos del poema Negra sombra , de Rosalía de Castro; y a las doce leer un manifiesto para conmemorar el día del Libro. A continuación, el público podría «tocar e sentir» las obras, y llevarse alguna a casa. Sin embargo, el programa saltó por los aires bastante antes.
Los voluntarios de Cumulum, el colectivo que preside la artista Luz Darriba, tuvieron serias dificultades para contener al público, que estaba ansioso por hojear y llevarse las publicaciones. Daba igual que fueran libros escolares, diccionarios, literatura infantil, manuales usados e incluso catálogos: el objetivo era hacerse con algo gratis.
Los libros, que habían sido donados por bibliotecas, colegios o editoriales, entre otros, fueron tratados como churros. Nadie controló la entrega y los pocos niños que había a esas horas en la plaza se fueron con las manos vacías porque los mayores los avasallaron.
Hasta en carritos de bebé
Autoridades y políticos escucharon el documento que leyó la delegada de la Xunta en Lugo, Raquel Arias, y en el que resaltó el valor y el proceso de transformación en que está inmerso esta «creación humana de comunicación e entendemento».
¿Y el público? A esas horas, la mayoría de los presentes ya se afanaban en coger libros y llenar bolsas, cestos, cajas e incluso carritos de bebé. «¡Deberían dar bolsas porque esto pesa mucho!», exclamaba indignado un lucense de mediana edad que cargaba bajo el brazo media docena de manuales de matemáticas para alumnos de primaria. «¡Tira por ahí abajo, que allí hay un hueco!», comentaba entre si una pareja de jubilados, que ya había logrado una docena de libros infantiles de Kalandraka.