El Goya

José Ramón Ónega

LUGO

Lugo no va tan mal como dicen ni tan bien como se desea. Pero en lo fundamental hacemos camino al andar. Tenemos, sin ánimo de agotar la lista, un ministro en el Gobierno, José Blanco, con rumores de ascenso a vicepresidente, nos congratulamos de contar con plumas como Luisa Castro o Marta Rivera, que recrean mundos oníricos, y celebramos a Luis Tosar, flamante ganador del Goya. Hay otros que no cito por rubor y porque me quedan cerca. Ahora me quedo con Tosar, que ha pasado de los gritos del Prestige al aroma de la escena. Siendo de Xustás, de mi chaira solitaria y ancha, tiene el eco de la gente que mola.

Tomo de Riva que el actor ha confirmado que el Goya, esa estatuilla deseada y escasa, que pesa un huevo, ya está en Lugo y la tiene su padre en la vitrina que compró para el caso. A mi estas cosas me emocionan. Cuando habitamos una sociedad caótica, copulada, plural y mestiza, y compramos al mantero un bello reloj falso chino, este gesto paterno acredita excelencia. Tosar es mejor actor que político, lo sé yo que le he visto en la gala de los Goya. Tenía la cara llena de besos de sus fans y la mirada brillante del que acaba de entrar en el Edén.

Tosar nos ha redimido a los de Lugo y Galicia de la penuria ancestral que nos asfixia. He leído que Hollywood le trae al pairo y que le bastan los páramos de la Iberia elemental. Hace bien o mal según se mire. Yo prefería presumir de paisano en las carteleras de neón parpadeante de la Quinta Avenida que en el cine modesto de mi barrio. Esa falta de pretensiones puede perjudicar su carrera y restar brillo a su firmamento estrellado.

Pero Tosar siempre me tendrá admirando su celda y escuchando su voz forzada de preso de película.