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o estoy seguro de que sea un acierto quitar todas las placas de las calles que llevan nombres de la Dictadura. La memoria histórica no puede ser memoria histérica. Pensar que se elimina el pasado borrando nombres es tanto como despilfarrar la conciencia.
En este país, limpiamos el pasado quemando iglesias y abrasando curas, o retiramos el crucifijo y levantamos odios. En Rusia, en el fragor de la hoz y el martillo, cesaron los popes, pero respetaron los templos convirtiéndolos en graneros.
El pasado no se borra con brocha y fuego. La memoria, si se suprime, se pierde, lo que es doble error. Meter en el mismo saco tigres y lobos, buenos y malos, pasado y presente, es hablar de despilfarros.
El ayer no se borra descolgando letreros ni bajando placas, porque en ellas, con los malvados, hay consensos y gratitudes, bondades y reconocimientos. Deben primarse los caminos positivos, no las venganzas prehistóricas. ¿O es que en el tiempo del franquismo no había personas normales ni personajes dignos?
Tiene razón Conchita Teijeiro protestando por la supresión de la placa de la calle a la que da nombre su padre. No procede la corrupción de ruidos ideológicos ni las cafeteras gripadas. Lo que subyace en estas políticas de revancha es el humo rizado de sustituir la bruma por el huracán.
Ejerzamos la libertad buscando las huellas dactilares del presente, no los restos contaminados del pasado, y bauticemos las nuevas calles con héroes del presente. La nostalgia es una dolencia absurda. Construir la convivencia sin revanchas ni rótulos no es una hipocresía moral. La política es un furor continuo, pero permite soñar el presente.