Un camino para aproximarse a la puerta del Senado sin ofender en exceso a los senadores es el de la definición por negación: no es útil, no es sustancial, no es práctico y no es barato. Ni siquiera cuando votan los senadores se sabe para qué sirve que lo hagan. Según quedó escrito en la Constitución, el Senado es una Cámara de segunda lectura. ¿Y eso qué es? Pues un lugar donde se leen los proyectos de ley que remite el Parlamento y donde se votan. El lector que no está avisado puede caer en la confusión de creer que una ley necesita la aprobación del Senado para entrar en vigor. Pero ni siquiera posee la competencia de bloqueo. Si el Senado no aprueba una ley, esta se envía de nuevo al Congreso, donde se vuelve a aprobar, entra en vigor y caso cerrado.
Como el sistema de elección de senadores es más variado que el de diputados, los equilibrios de fuerzas no son idénticos entre las dos Cámaras. El PP es el grupo mayoritario en el Senado, aunque de poco le sirve porque lo evidente es que de poco sirve el Senado. Con todo y a pesar de tratarse de una Cámara insustancial, Zapatero no quiere que se repita el rechazo del Senado a los Presupuestos Generales del Estado, como ocurrió en años anteriores.
El rechazo senatorial sería indiferente en términos prácticos, pero Zapatero no puede permitirse más gestos que erosionen su popularidad. Así pues, mientras España estaba de puente, el PSOE estaba negociando a varias bandas con los grupos minoritarios para impedir que prospere el veto del PP y de CiU a las cuentas del 2010 en el Senado. Esquerra votará que sí a cambio de incluir partidas por 20 millones para Cataluña en los Presupuestos; el senador del BNG lo hará por 7 millones para Galicia, que luego ya veremos si se ejecutan. Esa compra de voluntades con erario público ni siquiera es culpa de Zapatero, sino de un Senado que solo sirve de florero. Caro, pero florero.