Ciudad sin ley

José Ramón Ónega

LUGO

En mis tiempos de iniciación, en Lugo vivía la calma. El máximo peligro estaba en atravesar las vías del tren por Paradai, o preservar la cartera en días de San Froilán. A Lugo, vinieron los estorninos a sestear y las golondrinas tenían su casa en el barrio del Puente. Es verdad que no siempre fue así como acreditan la muralla, la guerra carlista con cabezas de rebeldes clavadas en picas, o el Garabelo ejercitando el tiro libre con los vecinos en Pol. Pero ahora rige el hampa y los forajidos andan sueltos. Tendrá culpa la crisis salvaje de Zapatero. Zánganos y putas se retiran del barrio chino donde vino al mundo Froilán el que hablaba gallego al lobo montesío. La pastizarra cunde por puticlús y saraos, la corrupción juega al dominó en despachos públicos. Será porque las teles reparten clases gratuitas de mafia, de cómo vivir del cuento y de nada, cómo jugar al ocio de molicie y sin freno.

O sea, el peatonaje, de jarana los fines de semana, guarrea botellón en el parque, jais consumistas exhiben modelos caros y stillicos marentes, el reality show de los que se afanan por patios de porro y caballo dejando la Universidad. Es el reino de los que prefieren el canuto al tajo, la vida de escaparate, la pasta urgente y el bólido de cilindrada. Cae en Lugo Roberto Leiro, acusado de introducir en Galicia 6.000 kilos de droga. Se destapan miembros de las fuerzas de seguridad implicados en tráficos humanos y cariocas, carnés de conducir ilegales a chinos y, en tono menor, incluso ese tipo de O Páramo que seca los robles del campo de la feria. ¿Es Lugo una ciudad sin ley? Tendrá que venir el sheriff al saloom y la juez Pilar de Lara remangarse las puñetas.