Tierra sin niños

María Campo

LUGO

Aquí no nacen apenas niños. Las estadísticas demoledoras ponen de manifiesto una realidad que es palpable sin necesidad de reducirla a cifras. Basta con pasearse por cualquiera de los lugares que se ven amenazados por la despoblación. Mucha gente mayor sobrevive a duras penas en los sitios de donde legítimamente no quieren salir aún a costa de verse solos o sin más compañía que la de otros vecinos en sus mismas circunstancias.

La agonizante situación del campo, de sobra conocida por todos y cuyo hundimiento nos empeñamos en acelerar, es otra muestra de la zozobra de una sociedad anciana que no tiene a quién darle el relevo. Se pierden las raíces y parte de nuestra cultura se muere con cada invierno. El aire se concentra en los grandes núcleos ahogando los sueños y las expectativas de un sector primario que en el fondo es el que lo cimienta todo.

En las ciudades esta evidencia es menos perceptible, pero no por ello deja de ser preocupante. Sin una reforma profunda y urgente, lo que hoy es una advertencia, mañana será un grave mal con difícil remedio.

Se alzan las voces clamando ayudas económicas, reestructuraciones y nuevas soluciones que palíen la escasez de vida nueva. Poner a nuestro alcance políticas que propicien la ansiada y necesaria natalidad, es sólo el principio. El cambio de mentalidad, tomar conciencia del compromiso, de la responsabilidad y vivir más por ser que por tener es otra parte del camino hacia la inaplazable reparación. Deshacer el individualismo y la huida del sacrificio en el que crecemos desde hace algunas generaciones va a llevarnos más tiempo que el que llevamos invertido en convertirnos en lo que ahora somos.

En una tierra de carballos no ha sido buena idea preocuparse sólo de plantar pinos.