Monseñor Gea fue uno de los prelados más polémicos que pasaron por la diócesis de Mondoñedo; ahora, ya en Perú, observamos que no ha perdido su carácter
02 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.En los diecisiete años que ha estado al frente de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, José Gea Escolano ha sido protagonista mediático en numerosas ocasiones. Sus pastorales solían levantar ampollas entre algunos sectores de la política y la sociedad y a día de hoy sigue demostrando que lo suyo es la sinceridad, aunque a veces moleste, y que la coherencia es una constante en su forma de actuar.
En Mondoñedo tuvo sus más y sus menos con la ciudadanía y los gobernantes, donde generó un rechazo por el asilo o, por ejemplo, con su sugerencia de unir la diócesis a la de Lugo. Una de las últimas frases que pronunció en la ciudad, justamente el día en que era ordenado como su sucesor el nuevo obispo, fue que venía a la diócesis «más bonita de todo el orbe católico». A las tierras mariñanas llegó Gea en 1987; entonces nadie lo conocía, hasta tal punto de que un día que salió a darse un paseo en bicicleta, como solía hacer cada mañana, tuvo una avería y se paró a ayudarlo alguien que pasaba por el lugar: «Al despedirme, le dije, soy el obispo, y él me contestó, 'y yo el cardenal Tarancón'». Quien esto cuenta es el propio Gea Escolano, cuando le solicitamos que nos explicara si era o no cierta la anécdota, que entonces había circulado por Viveiro, ya que el que así le respondía era un vecino de la localidad.
El carácter abierto del ex-obispo mindoniense y su capacidad para encajar cualquier crítica son de sobra conocidos por los periodistas que en alguna ocasión le tuvieron de interlocutor. Tampoco en este aspecto ha cambiado; esta semana, tras recibir el correo electrónico donde se le solicitaba una entrevista, rápidamente contestaba pidiendo la relación de preguntas. Valenciano de nacimiento (nació en Real de Gandía en 1929), cuenta que en Perú, donde reside ahora, los días no difieren mucho unos de otros: «Normalmente confieso mucho, predico, tengo algunas reuniones, doy retiros y ejercicios en muchas diócesis de Perú y procuro aprovechar los pocos años que me quedan (creo que todavía me quedan algunos) para hacer el bien que puedo como sacerdote», cuenta.
En lo gastronómico afirma que nota el cambio: «Porque entre comer paella y comer arroz blanco con pollo a mediodía, y pollo con arroz blanco por la noche, ya me dirás. Pero uno se acostumbra a todo. Pero cuando ya me había acostumbrado empezaron a variar el menú que ahora se parece más al menú español y sobre todo, al valenciano».
No son las únicas diferencias que se encuentra en su nuevo país de acogida, Gea dice que las va descubriendo «a medida que se va inculturizando» y que no es lo mismo ir de turista que vivir allí como uno más, «actuando en una tarea concreta como es la evangelización. No es fácil adaptarse. Sin embargo he visto que te aceptan, no ya a mí personalmente sino por ser sacerdote. Aprecian que ante la escasez de vocaciones haya quienes dejen su patria y vayan a servirles y atenderles sacerdotalmente, convencidos como están de que en Europa hay un mejor nivel de vida que en Hispanoamérica».
La religiosidad en el país andino, añade, es semejante a la que había en España en sus tiempos jóvenes, si bien detecta grandes diferencias tanto en las grandes ciudades, como en las aldeas y, sobre todo, en la selva y en la juventud que, debido a las influencias de los medios de comunicación, van asimilando las costumbres europeas y norteamericanas. Por último, señala que hay factores, como la influencia negativa de las sectas o de los profesores que no procuran una correcta formación en los centros de enseñanza, la falta de empleo, el alcohol, la pobreza o la falta de valores cristianos que favorecen que la corrupción se extienda por todos los niveles.
Tres años después de dejar de ejercer como obispo afirma que no echa de menos aquella época en que levantaba polémicas con sus pastorales, aunque asegura que si hoy estuviera en España haría lo mismo, «tanto si el fruto fuera el vituperio como la alabanza; eso era lo que menos me importaba. Lo que intentaba era cumplir con mi deber de pastor de la Iglesia». Y matiza que «Lo que pasaba entonces es que cuando aparecía en el gobierno alguna línea legislativa incompatible con la enseñanza de la Iglesia, yo solía orientar a mis diocesanos sobre el particular. Creo que era mi deber. He repetido muchas veces que si en mis pastorales o discursos hubiera algo que no estuviese de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia, lo retiraba inmediatamente».
Declaraciones de la Reina
Esta vez tampoco ha dejado pasar la ocasión para opinar de la actualidad: «Leo que en estos días se va comentando sobre lo que dicen que ha dicho la Reina sobre el matrimonio y la eutanasia y el aborto y no sé si sobre alguna cosa más. Yo me fío de su palabra. Pero voy más allá de si lo dijo o no; incluso en el caso de que lo hubiese dicho, tal y como pone la autora del libro, me pregunto: ¿Es que ni la Reina ni el Rey ni ningún gobernante pueden decir que son católicos y que siguen, por tanto las enseñanzas del Papa? ¿Ni siquiera eso se puede decir? ¿En qué clase de país estamos? O como dirían los clásicos ¿Ubinam gentium sumus? (Aún me acuerdo del latín)», apostilla Gea Escolano.