En directo | Canonización de María Eugenia Milleret Una ex profesora de La Asunción narra la experiencia que vivió en Roma cuando Benedicto XVI hizo santa a la fundadora de la orden por sanar milagrosamente a una niña filipina, Risa
14 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.Creo que nunca en mi vida me mojé tanto y nunca sentí que los paraguas no servían para nada, excepto para mojarnos más y más unos a otros. Pero no me importó, cuando estás ante algo tan grandioso las incomodidades pasan a otro plano. El día anterior a la canonización ya me emocioné enormemente al pasar por San Pedro y ver los preparativos. Miles de sillas en la explanada, un altar en lo más alto y la imagen de María Eugenia Milleret presidiendo la magnífica fachada. Aunque la canonizaban junto con otros tres beatos, yo sólo la vi a ella. El Vaticano puso a disposición de la congregación Asuncionista la magnífica archibasílica de San Juan de Letrán (donde está la sede episcopal del Obispo de Roma, el Papa). Allí tuvimos un primer encuentro y también fue allí donde la vi por primera vez, me refiero a Risa. Tiene unos once años, filipina, gafitas, totalmente normal. Situada en el primer banco con su madre y sus hermanas le daba la mano a Cristina (madre general saliente de La Asunción). La vi cantar, rezar y a veces aburrirse. ¿Cómo iba a entender una niña de su edad todo lo que estaba pasando?. Es una niña corriente. No se le aprecian signos de la terrible enfermedad cerebral, comprobada y diagnosticada por eminentes médicos y cirujanos de todo el mundo. Estos mismos especialistas dicen que su cerebro está igual que al principio, que nada cambió en él, que humanamente es imposible que la niña esté bien y sin embargo Risa corre, juega, estudia, va al colegio de La Asunción en Manila y hace poco hizo la primera comunión. Risa está curada milagrosamente. Su madre adoptiva (es una bonita historia), antigua alumna de La Asunción en Manila, desde el principio la encomendó a María Eugenia (la niña se llama Risa Eugenia). La Asunción en pleno comenzó a rogar por ella y ocurrió el milagro. Esto fue decisivo para que Su Santidad Benedicto XVI proclamase santa a María Eugenia Milleret. Los que conocemos su vida y obra y trabajamos día a día su pensamiento dentro de los colegios de la orden por ella fundada ya sabíamos de su espíritu de servicio, de sus ideas liberadoras, de su amor a Dios y a los demás. Su doctrina se extendió por todos los continentes. Todos empapados en el Vaticano, americanos, africanos, franceses, españoles y, sobre todo, filipinos, todos juntos honrando a María Eugenia y cantando el himno de La Asunción, mientras el agua caía y caía. Risa de la mano de su madre y de la General de la Asunción, vestida con su trajecito de primera comunión subió la escalinata que nos separaba del Papa y de las autoridades, entre ellas la presidenta de Filipinas y le entregó al Santo Padre una ofrenda en nombre de La Asunción. Las tapaban con enormes paraguas, ya que cada vez llovía más. En el auditorio de María Bambina hubo un encuentro con la juventud de la Asunción en el que participaron niños y jóvenes de todo el mundo. La muestra folclórica que nos ofreció Filipinas será difícil de olvidar. Destacados compositores e intérpretes nos deleitaron con canciones con el mensaje de María Eugenia, un mensaje actual, ya que es de esperanza en un mundo tenebroso. Montajes de Brasil, México, Argentina, Ruanda, religiosas de color interpretando danzas de su tierra, otras tocando tambores africanos y un sinfín de testimonios de la universalidad de la obra fundada por esta mujer singular. Remató el acto un grupo de niños de nuestros colegios, con Risa a la cabeza, que interpretaron una canción de esperanza y gloria a Dios desde la tierra. Ellos son el futuro de esta inmensa obra. Al día siguiente, muy temprano, nos reunimos en la Basílica de San Pedro. Se celebraba una eucaristía en el altar mayor, bajo la magnífica obra de Bernini, pero no tengo que hablar de arte, sólo quiero contar un poco lo que viví y decir que nunca me mojé tanto, pero que no me importó en absoluto. Estoy seguro que la lluvia era la bendición de la ya Santa maría Eugenia, y que estaba regando la cosecha que con tanto amor, esfuerzo, sacrificio y esperanza sembró a lo largo de su vida.