TRIBUNA | O |
08 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.A MARINA Golbahari se la conoce como Osama en un film que lleva el mismo nombre y que dirige Siddiq Barman. Se trata de una película proyectada la semana pasada dentro del ciclo Mércores de cine que organiza el Servizo Municipal de Prevención da Drogadicción. Como otras muchas, Osama es condenada a la cárcel del burka, le roza la lapidación, le acecha el hambre y, por si fuera poco, su mundo está dominado por la barbarie de los talibanes. La humillación les afecta a hombres y a mujeres, pero son ellas las grandes perdedoras, sin duda, una vez que resultan desposeídas de su condición de mujer. Es más, el film, basado en un hecho real conocido por el propio director, permite reflexionar sobre cómo la sinrazón de unos que confunden las Sagradas Escrituras a las que apelan, después son capaces de hundir en la miseria a la condición humana. Porque Osama es una inocente niña a la que le cortan las trenzas, su esencia. Osama es un lamento constante, un sangrar al borde de un pozo donde sobrevivir es el único alimento que llega a puertas de un Afganistán rehén de las sucesivas invasiones. Este drama de gran crudeza fue rodado tras la caída del régimen talibán, aunque la acción parte del momento en que la sociedad grita temerosa de la llegada de aquellos que, invocando a Bin Laden, logran someter a todo un pueblo. Las mujeres lo pierden todo en esa dictadura, pero incluso los hombres son obligados ya desde niños, por la fuerza, a rezar para tener mejor suerte en las artes de la guerra. Osama es la demostración de adónde conduce esa locura, al tiempo que simboliza bien lo reflejado en una de sus primeras escenas, aquella donde Osama es la propia trenza que todavía ha de crecer en una maceta para la esperanza.