En el solar de los Montoya

BENIGNO LÁZARE

LUGO

PRADERO

O Carqueixo agrupa a la mitad de una comunidad fundada por un matrimonio

01 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La pescadilla se muerde la cola, de manera que son mayoría los payos que evitan el poblado de O Carqueixo por temor a ser recibidos de forma poco agradable, y sus habitantes toman precauciones ante la llegada de foráneos porque también son mayoría las visitas poco satisfactorias. Del mismo modo, a falta de cosas mejores que hacer o de los más elementales medios para entretretenerse, los niños se dedican a tirar piedras a los coches que pasan, según reconoce Manolo Vila, coordinador del programa de escolarización gitana que pasa en el lugar buena parte de su jornada laboral. Este docente es el mejor salvoconducto para pasear por el poblado y ver a la gente en su salsa, con su auténtico carácter abierto y jovial. La excepción es una cabeza que asoma muy tímidamente por detrás de la pared de una de las casas, ante la que está aparcado el único coche que denota que los ingresos de su dueño están a otro nivel que los del resto de la comunidad. Corresponde a un hombre que anda en la treintena y que se niega en redondo a que le saquen fotos y a participar en la tertulia callejera. La numerosa prole reclama insistentemente ser fotografiada y hace constantes demostraciones de sus destrezas con una pelota desinchada o con una espada construida con dos barrotes. Sus padres, algunos todavía en edad de jugar a los romanos, se brindan a enseñar sus casas y a mostrar las condiciones en las que viven. Las casas, de 75 metros cuadrados, tienen tres dormitorios aunque en alguna resulta difícil distinguirlos debido al revoltijo y al deterioro. Herminia Montoya Barrul, nuera octogenaria de los fundadores de la comunidad lucense, madre de once hijos y abuela de 225 nietos, mantiene la suya mucho más limpia y ordenada que la mayoría del vecindario y en las paredes exhibe imágenes religiosas, del Che Guevara y de su familia, destacando las fotos de sus nietos más famosos. Unas mujeres jóvenes aseguran que en las viviendas hay ratas y piden otras mejores. Los hombres se quejan de que no les dejen ampliarlas, «porque la familia aumenta». También está el eterno problema del agua, por no hablar ya de las que en cualquier barrio se identifican como «infraestructuras para el ocio». Hace casi dos años les llevaron material para hacer un campo de fútbol, pero todavía permanece amontonado y la obra sin ejecutar. Además de las precauciones ante las visitas no esperadas, este colectivo de 300 personas conserva otras arraigadas entre la población gitana, como usar un nombre distinto al de pila «para despistar». Las series televisivas todavía no consiguieron desbancar la influencia de la iglesia Evangélica a la hora de la elección del nombre, pero ocurre que, por ejemplo, Inmaculada se puede convertir en la práctica en Erika. A la entrada, la carrocería de una furgoneta 4L y un montón de chatarra conforman el conjunto arquitectónico de presentación del poblado. Las calles son un salteado de restos de hogueras, metales oxidados, ropa tendida y muebles sin puertas ni patas que en otras épocas llenaron las paredes de algún salón de la ciudad.