LA TRIBUNA | O |
18 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EN BUENA lógica, la cocina gallega debería ser un referente indiscutible a nivel mundial. Hay excepciones, como Toñi Vicente, o algún que otro cocinero más famoso por la fidelidad de ciertos políticos a sus fogones que por su creatividad culinaria. Pero lo cierto es que nos hemos quedado atrás con respecto a la nouvelle cuisine francesa, los contundentes y cachondos cocineros vascos y -ya no digamos- la metafísica gastronómica del omnipresente Adriá. No es fácil acertar las claves de este atraso secular en un país en el que todo se arregla frente al mantel (cuando lo hay). Aquí no hay efemérides real o inventada que no se resuelva con una cena. Da igual que se trate del aniversario de la República o de la clausura de un torneo de tute subastado . Ni siquiera se concibe ya inaugurar una exposición sin pinchos de por medio. La pasión por la comida nos define hasta extremos sorprendentes. El pasado sábado, sin ir más lejos, cien vecinos de Monforte protestaban a pie de vía por el exceso de celo en la bajada de barreras de un paso a nivel. Media hora después del comienzo de la concentración, un vecino suspiraba en voz alta por empezar un jamón. «¡Mejor una churrascada!», propuso de inmediato otro de los manifestantes. Eran las once de la mañana.