Una chantadina en la corte de Batista

Carlos Cortés
CARLOS CORTÉS CHANTADA / LA VOZ

LEMOS

Remedios Fernández Novo vivió dos años entre la élite política de la Cuba de los cincuenta

25 may 2014 . Actualizado a las 21:49 h.

En 1953, Isabel II sucedía a su padre en el trono de Inglaterra, Fulgencio Batista cumplía un año en la presidencia de Cuba tras un golpe de estado y Remedios Fernández vivía con su padre agricultor y sus hermanos en la parroquia chantadina de San Fiz. Como muchas otras familias, la emigración había desperdigado la suya por medio mundo. En Cuba prosperaba un hermano de su padre. Marta, una de sus tres hijas se había convertido en 1942 en la segunda mujer de Batista. Su único hijo varón, Roberto era general en el ejército cubano y acababan de nombrarlo máximo responsable del departamento gubernamental de Deportes. Su cercanía personal a Batista hacía de él uno de los hombres fuertes del régimen. Él y su esposa viajaron a Londres en junio de 1953 para representar a su gobierno en la ceremonia de coronación de la nueva reina.

Poco después, Remedios recibirá la visita que pudo haberle cambiado la vida. «Roberto e a súa muller Adelita viaxaron de Inglaterra a Francia e de Francia a Madrid, e desde alí, nun coche prestado polo embaixador de Cuba, viñeron a Chantada», recuerda. Se plantaron en San Fiz y le dijeron a Remedios y a su padre que se fuesen con ellos a Cuba. Ramiro y Jesús, los padres de Roberto y de Remedios habían emigrado juntos a Cuba décadas atrás, pero el segundo tuvo que volver porque se lo pidió su madre. «Escribiulle unha carta na que lle dicía que viñese xa, que despois de que morrese ela xa non faría falta», cuenta Remedios. El hermano que se quedó allí intentó muchas veces convencer a Jesús de que volviese a Cuba, sin conseguirlo. «O meu tío morrera pouco antes e Roberto quixo facer o que seu pais non puidera», cuenta Remedios. Ella y su padre aceptaron la invitación y cruzaron el Atlántico.

Remedios recuerda aquella Habana de 1953 como una ciudad «preciosa». Es fácil imaginar el choque que debió suponerle. Los alojaron en una casa entre las calles Ánimas y Prado, a un paso del Capitolio y del palacio presidencial y poco después de su llegada se mudaron a otra en el también céntrico barrio del Vedado. Les habían preparado una una vida regalada.

-¿Remedios, en que traballaba alí?

-¿Eu? Eu andaba de paseo, con coche e chófer uniformado de militar.

-Pois non era mala vida.

-Penso que non. [risas]

Con apenas veinte años, aquella chica de San Fiz se vio en medio de la élite política de La Habana de los años cincuenta. Batista y los suyos recibieron con los brazos abiertos a los parientes gallegos de su esposa. El recuerdo que Remedios tiene de aquel militar político que acabó expulsado del poder por los guerrilleros de Fidel Castro viene tamizado por aquella cercanía personal. El Batista que ella conoció era «un señor marabilloso, unha persoa moi franca».

Así veía ella al entonces presidente cubano y así se lo describían también quienes lo rodeaban. Remedios tenía información de primera mano sobre las interioridades de la casa presidencial gracias a una doncella de la primera dama, una chica natural de Costoira, una aldea cercana a la suya, también en la parroquia de San Fiz. «Ela contábame por exemplo -recuerda-, que tiña visto ao presidente chegar a casa de madrugada porque estivera nun mitin ou en calquera outra cousa política e ír canda os seus fillos que durmían para cambiarlles o cueiro se o tiñan mollado».

Remedios insiste en que se sintió siempre muy bien tratada en aquel entorno a pesar de su origen humilde. Eso sí, tenía muy presentes las diferencias y reconoce que a veces le atormentaba quedar mal. «Eu sufrín, si -admite-, pero non porque me rechazasen, que sempre foron amabilísimos con nós, senón porque era consciente de que non estaba á altura daquela xente». A sus 20 años, Remedios no tenía formación ni en San Fiz sabía nada de lo que pasaba en Cuba. «Eu saía dunha aldeda e daquela non había tele nin radio, ía cega», cuenta.

Desde un principio, les dejaron claro que pidiesen todo lo que necesitasen. «Sempre nos dicían que non pedísemos para ninguén, pero para nós todo o que fose -asegura Remedios-, pero claro, cando nos chamaban e nos dicían ?veñan comer a palacio, entren por tal porta, que tal e que sei eu?, entón eu xa me puña nerviosa. Comer con ministros, con mulleres de ministros, coa primeira dama... eu que saíra dunha aldea e nunca vira nada, hai que poñerse no caso».

El caso es que no se quedó. Ella y su padre se marcharon de Cuba en 1955 y ninguno de los dos volvería ya nunca más. La razón es simple. Remedios se había adaptado bien a su nueva vida, pero su cuerpo no acabó de acostumbrarse al clima y a la comida del Caribe: «A min non me sentaba ben aquilo, sempre tiña unhas décimas de febre, tiña molestias de estómago... cousas así». Así que dos años después de llegar, cogieron un avión de vuelta. En su casa le esperaba la vida que había dejado. Trabajó en el campo, se casó, tuvo un hijo y enviudó poco después, y años más tarde se volvería a casar. Con su segundo marido vivió unos pocos años en Ourense y acabó mudándose a Merlán a la casa del lugar de A Torre en la que vive ahora.

Viuda desde el 2007, a Remedios ni se le pasa por la cabeza visitar de nuevo Cuba. Le daría mucha pena ver cómo ha cambiado aquella ciudad preciosa que ella conoció a principio de los años cincuenta. «Polo que vin pola tele, a Habana Vella está feita un desastre».

Remedios nunca se ha arrepentido de haberse marchado de Cuba en 1955. No cree que su salud se fuese a adaptar nunca a aquel, clima y está segura de que las cosas para ella no iban a ser fáciles si hubiese seguido allí el 1 de enero de 1959. De la revolución se enteró por una llamada telefónica de uno de los sirvientes de su primo. «Co Roberto ?cuenta Remedios? estaba un rapaz de San Paio de Muradelle que era o valet del e era solteiro, así que aquela noite de fin de ano saíu a divertirse, pero cando volveu xa non estaban, deixáranlle unha carta co que tiña que facer, o que tiña que entregar a fulano e mengano...».

?¿E que opina vostede daquela revolución?

?O que eu penso é que os seres humanos nunca estamos conformes. Alí vivíase moi ben.

?Vostede vivía ben, pero o resto...

?Xa sabía que me ía dicir iso, e entendo que mo diga. Pero eu tiña ollos e vía o que pasaba ao meu redor. Os soldos non eran grandes, pero estaba todo equilibrado. Pobres sempre hai en todas as nacións, pero alí a xente estaba contenta. Unha proba diso é que nos tempos de Batista aquí viñan moitos turistas cubanos con bos coches a boas xoias, pero desde que se foi Batista non volveron.