Una biblioteca olvidada en Castillón

carlos rueda monforte / la voz

LEMOS

En un cobertizo situado junto a la iglesia parroquial de San Vicente de Castillón, en Pantón, se conserva una curiosa biblioteca pública creada hace bastantes años. Consiste en un sencilla armario-vitrina de madera con libros y revistas que se prestaban gratuitamente a todos los vecinos que lo deseasen. Fue instalada hacia 1972 por el entonces capellán de la parroquia, conocido por los vecinos como don Eustaquio. Al cabo de este tiempo permanece en el mismo lugar y buena parte de las publicaciones que contenía se mantienen en bastante buen estado a pesar de que el armario se encuentra casi totalmente al aire libre, protegido solo por el tejado del cobertizo.

Según recuerda un antiguo vecino de la localidad, el sacerdote empezó impartiendo la catequesis a los jóvenes de la parroquia, donde el despoblamiento del medio rural aún estaba lejos de llegar a los extremos actuales. «Xuntábamonos ata vinte e cinco rapaces entre mozos e mozas, había moita xuventude na parroquia», señala el referido vecino. «Cando impartía a catequese tiña enganchados a todos os rapaces, porque as súas charlas eran moi amenas, e a aquel que sabía mellor o catecismo regaláballe un cadro», añade.

Notas en un papel

El capellán se preocupó también de conseguir un cierto número de libros para ponerlos a disposición de los feligreses. Primaban los libros sobre religión y los catecismos, utilizados principalmente por los jóvenes catequistas del pueblo. Pero también había otro tipo de lecturas sobre cultura general, novelas de aventuras, cómics? «A don Eustaquio gustáballe que a xente lese para ensinarlle o mundo e o que era a vida», apunta el mencionado vecino. Una simple hoja de papel era todo el registro que llevaba el religioso cuando algún vecino pedía prestado un libro. Allí se anotaba el título de la obra y el nombre del parroquiano. Los lectores podían tener en su casa las publicaciones todo el tiempo que necesitaran para leerlas.

El armario nunca tuvo llave, de manera que en cualquier momento del día los vecinos podían hojear libremente los libros para escoger el que más les interesase.

El sacerdote estuvo unos cinco años en la parroquia y desde que se fue, el armario-biblioteca ha permanecido en el mismo lugar. Los tres estantes de que dispone siguen albergando una desordenada colección de libros, aunque algunos de ellos -los mejores y más antiguos, según afirma un vecino- desaparecieron hace tiempo.

El local que alberga la pequeña biblioteca parroquial es propiedad del obispado y se utiliza como y almacén de objetos procedentes de la iglesia.