La falta de trabajo es lo único que diferencia hoy en día a las familias que piden comida
05 feb 2012 . Actualizado a las 07:07 h.Último martes de enero. Son las ocho de la tarde, fuera hace bastante frío y el olor a churros llena el comienzo de la avenida Rodríguez Mourelo, frente al instituto Lucus Augusti. Varias familias vestidas con abrigos, gorros, guantes y bufandas se acercan con sus hijos al puesto de Don Pepe para comprar una docena de sabrosos dulces. Aprovechan las últimas horas del día para hacer compras y recados, o simplemente dar un paseo. Cuatrocientos metros más abajo, en la calle Santiago, sin abandonar el centro de Lugo, decenas de familias se agolpan a la puerta de un bajo. La mayoría visten y se comportan de una manera parecida a las anteriores, solo que estas han dejado a sus hijos en casa y hacen cola en el Banco de Alimentos.
¿Cuál es la diferencia? El paro. La falta de trabajo y de unos ingresos estables está obligando a centenares de personas que viven en Lugo a demandar ayuda para comer. Hace tres años e incluso pocos meses atrás, muchas de ellas tenían un empleo, cobraban un salario y estaban en el otro lado de la delgada línea que, hoy por hoy, separa el bienestar del hambre.
Las Cáritas parroquiales, Cruz Roja, el comedor San Froilán, el Banco de Alimentos..., todas las entidades humanitarias que funcionan en la ciudad amurallada llevan tiempo dando la voz de alarma porque el número de usuarios crece sin descanso. Y parece no tener freno porque no hay trabajo, y cada vez es más difícil salir del hoyo.
Muchas caras jóvenes
David, Pepe y Juan son caras de ese «50% de paro juvenil» que hay en este momento en España, según reconoce el Gobierno. Aún no han cumplido los treinta años, pero ya se han dado de bruces con un mercado laboral en el que resulta muy complicado abrirse camino. Con formación o sin ella. «Agora éche igual. Coñezo xente que non acabou a ESO e non atopa nada, e tamén coñezo outra que cunha carreira de ciencias, un máster e un doutoramento tampouco ten un sitio no que o queiran para traballar», comenta Juan.
Cerca de ellos una pareja de novios se abraza mientras espera su turno para entrar. Son apenas dos adolescentes. Él lleva pantalones caídos, visera de medio lado y cazadora estilo «bomber» él. Ella, vaqueros pitillo, tacones de vértigo, maquillaje y melena alisada con planchas. Como cualquier otro chaval de instituto. Solo que ellos, todos los martes, en lugar de salir o quedar con amigos, tienen que ir al banco de alimentos para poder comer porque en este momento en su casa «no está entrando un euro».
en directo el plano corto en el banco de alimentos