La principales arterias de entrada y salida de Sarria están llenas de maleza y plantas que impiden ver las señales
01 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.El campo, la tranquilidad, el color verde de los montes... la verdad es que vivir en Sarria tiene las ventajas de una pequeña ciudad con un precioso entorno alrededor. Sin embargo, la naturaleza es, en ocasiones, abrumadora. Está bien que los jardines aparezcan en cada esquina de la localidad, pero que lo hagan en forma de matojos y hierbas salvajes da una impresión bastante mala de Sarria. Sobre todo si estos matojos están justo en los accesos a la villa.
Los carteles que dan la entrada a Sarria no siempre están visibles, la maleza los tapa. Pero igual pasa con las cunetas y arcenes. Es difícil saber lo que hay más allá de los hierbajos que los cubren. Algo que, para el turista, siempre observador, resultará sin duda desagradable.
Pero el mayor inconveniente de tener así los márgenes de las vías que entran en Sarria son los posibles problemas que puedan surgir en épocas de lluvia. Las bocas de un buen número de cunetas están tupidas de tierra y desperdicios. Los charcos están más que asegurados.
Todo esto crea una imagen, la primera y la última que el turista o visitante se llevará de la localidad. El patrimonio cultural o las grandes plazas próximas al centro son un ejemplo a seguir, habitualmente, en lo que a cuidados se refiere. Pero sigue habiendo gente para la que Sarria es un lugar de paso. Matías López o Calvo Sotelo es lo poco que alcanzan a ver desde su coche. Luego, a la salida, aquellos matorrales verdes que tapan las señales de menor altura, serán los que le den la despedida. Una forma poco ortodoxa de decir adiós al visitante.