A Pena do Inferno, playa de montaña

En un meandro del río Lamas, afluente del Navia donde quieren construir otro embalse, hace tres décadas habilitaron un arenal que disfruta de su microclima


A FONSAGRADA |

«Se isto é o inferno, que vaiamos logo para aló», sentenció hace años una visitante, maravillada por la playa fluvial de A Fonsagrada. Porque en la montaña también hay arenal, aislado al cabo de la estrecha y tortuosa carretera LU-170, pero lugar mágico y con un microclima envidiable. «Estamos a 290 metros sobre o nivel do mar e só temos dous meses de inverno duro, decembro e xaneiro, o resto e moi suave», asegura Xosé Fernández, propietario del merendero que hay junto al río, e impulsor junto a Aniceto Cadenas, de la creación del área recreativa.

Se habilitó hace tres décadas en un meandro del río Lamas-Vilabol, afluente del Navia. Es un paraje impresionante, cortado de roca sobre el río que aún hoy deja a la vista los restos de una morrena glacial.

Todo quedaría bajo las aguas, de construirse otro aberrante embalse más en el Navia, pero hoy atrae a muchos bañistas y personas que sestean entre merienda y merienda, por las orillas. «Isto é a mostra do espírito de supervivencia dos galegos, e aquí seguimos mantendo isto pese ao escaso apoio das administracións», decía Xosé, que recuerda cuando la zona era una de las más industrializadas de la provincia, pues en la cercana ferrería de Vilar de Cuiña se fundían con mineral de hierro y carbón vegetal de la comarca, los clavos y remaches para los navíos de guerra construidos en Ferrol hasta el siglo XIX. «Hoxe somos 4.500 persoas no municipio pero ata 1920, tiña 23.000 habitantes», resalta sobre el ocaso de los mazos de laminación férrea y las minas de plomo, ya casi en la raya con Asturias.

En A Pena do Inferno hubo días de contar 500 personas por caja en el bar, pero la creciente despoblación ha hecho mella en este recreo que nació de la pura necesidad de aseo y esparcimiento en las extensas familias de antaño. «Eran os tempos de familias de 20 ou 30 membros, que se xuntaban en casas sen baño, así que había que baixar ó río campo a través, e nosoutros viñamos despois de comer, nunha hora de lecer ao mediodía, dende Vilagocende, mentres os maiores tamén descansaban», recordaba Xosé cuando le visitamos el año pasado. De aquellas excursiones de los rapaces y de las polavilas de los pueblos, nació la inquietud por mejorar el paraje natural. Se montó un chiringuito, aumentó la comodidad para las meriendas, se hizo una pequeña represa y el Icona, la Confederación Hidrográfica y el Concello se apuntaron a posteriori a colaborar con los vecinos, visto que A Pena do Inferno se convirtió en un hormiguero de gente, turistas incluidos, pues el 75% de la población emigró. Cuando los vecinos ya tenían comprado un puente para instalarlo aguas abajo de la playa, la Administración construyó uno colgante y aquel se aprovechó para comunicar Lamas de Moreira.

Siguen atendiendo Xosé y su esposa Manola, que montaron el camping de A Fonsagrada. A Pena do Inferno la afea una antena parabólica colocada sobre el peñasco fluvial y antes ya había otra chapuza, una torre eléctrica.

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