El alcalde lucense, en pleno rearme político, trabaja el voto de centro derecha a cuenta de la falta de reflejos de la Xunta
05 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Lugo, ya se sabe, es una ciudad paciente. Los siglos le han enseñado que con el tiempo todo llega, se arregla hasta que se descompone y deja de ser presente para ser pasado. Sí, es una ciudad cargada de paciencia, pero hasta las gentes tan poco dadas a jaranas reivindicativas como son los lucenses sienten que se les arruga la Muralla, que se les encoge la catedral cuando sospechan que el Gobierno de Galicia empuja menos de lo deseable los proyectos que les afectan directamente. Qué pasa que casi nada se sabe del auditorio, del museo de la romanización, de la señalización turística; qué pasa que, no se sabe muy bien por qué, cunde el temor de que la apertura del nuevo hospital tarde mucho más de lo previsto. Lugo, vale decir Orozco , que para eso es el alcalde, anda estos días empeñado en conseguir que alguien en la Xunta le diga: sí, puede usted mandar que limpien la Muralla. Y lo mejor de todo, es que le dicen que no, oiga, que no le dejan.
Orozco, alcalde de olfato fino, empieza a percibir que algunos de los mirlos blancos que quería Feijoo para su gobierno se han quedado en oscuros estorninos y ha decidido colocar trampas al PP en las ramas de la política lucense. Y ya han caído los primeros pardillos. Orozco va por ahí ofreciendo la colaboración municipal para la limpieza de la Muralla y no encuentra en la Xunta quien le diga ¡adelante Pepe, tú si que sabes!, y así. Orozco ofrece colaboración, lo airea a los cuatro vientos para que se enteren los que tienen que votar en el 2011, y en el PP van y le contestan que no, que de eso nada, y dejan al socialista prepararse con tiempo y tranquilidad el camino de la reelección. El presidente provincial del PP, José Manuel Barreiro , que sabe cómo se las gasta Orozco, quizá recuerde ahora por qué Raquel Arias no era su candidata a encabezar la lista popular por Lugo en las pasadas autonómicas, ni, probablemente, estaba en el primer puesto de sus preferencias para una plaza como la de delegada única y plenipotenciaria de la Xunta en Lugo.
El alcalde jugó limpio. Avisó alto y claro de que está en pleno proceso de rearme político y en los oídos populares el aviso hizo gracia, sonó divertido, fue acogido como el comentario chusco de quien se reinventa a sí mismo. Pero Orozco habla en serio. ¿Qué es sino política de estilete ofrecer a quien tiene la propiedad de un bien colaboración para mantenerlo, sin que nadie se le haya pedido? Qué mejor manera de decirle a la Xunta que, debido a su ineficacia, el principal monumento de Lugo ofrece una imagen francamente mejorable. ¿Podrá reprocharle alguien a Orozco que no tiene voluntad de colaborar? El alcalde de Lugo contó a quien quiso oírlo cómo fue de aquí para allá en su intento de ayudar: se lo dijo a Feijoo, se lo dijo a Raquel Arias y acabó por decírselo por carta a Rey Pichel . Y al final le hicieron el gran favor de decirle que no. Que la Muralla está hecha unos zorros, el PP sabrá por qué. Así la Muralla no estará más limpia, pero el juego resulta entretenido y Orozco avanza viento en popa hacia el 2011.
Orozco es un tipo listo, sí. Es cosa de ver cómo logró el silencio unánime entre los partidos que integran la corporación municipal sobre el sorprendente cambio de calificación de medio millón de metros cuadrados en el entorno del club de golf. Eran suelo rústico protegido en el PXOM aprobado inicialmente, el que estuvo expuesto al público, y en el aprobado provisionalmente, el que ahora estudia la Xunta, se convirtió en urbanizable. Frente a un cambio así, el PP hizo como que no se enteró y el Bloque se instaló en el mutismo. Por una vez Paz Abraira se acogió al silencio cartujo y, como el popular Castiñeira , no dijo ni pío. También por una vez, Izquierda Unida se hizo presente en la política lucense y, de la mano de Carlos Portomeñe , aireó un asunto que tal vez no quede como está. ¿Será la delegada de Urbanismo, María Novo , la persona idónea para explicarlo? Ya se verá, que el cambio de calificación puede dar más de una vuelta fuera del ámbito político.
Orozco, sí, se prepara para la reelección y perfila el asalto al vivero de votos de los populares. El proyecto de la ordenanza contra el botellón tiene en sus entrañas una apelación descarada a los valores más conservadores, tiene en sí la levadura con la que se cuecen los panes electorales del PP. Y el PP, vale decir la Xunta, sigue aún preparándose para gobernar y en Lugo se deja enredar por Orozco. Lugo, ya se ve, es una ciudad paciente.