Las máquinas han sustituido el trabajo casi artesano de los picadores y asentadores de piedras Un libro descubre las dificultades de este oficio casi a extinguir
09 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?ólo basta con echar un vistazo, cuando tras pasar Xinzo se llega a Morgade, para darse cuenta de que las casas respiran piedras. Muchos años han pasado por esas villas. Tantos, que el paso del tiempo ha llevado consigo algo inherente a las localidades que son los oficios de sus habitantes. El profesor Ángel Cerrato Álvarez acaba de publicar una investigación de campo en donde se reflexiona sobre la cantería, un oficio casi a extinguir. Recuerda Ángel Cerrato en su libro cuando «todo o monte de Allariz, por ejemplo, bulía de canteiros». Con edades que superan en todos los casos los setenta años, los canteros de oficio, aquellos que subían al monte a picar la piedra, que la modelaban, bajaban a los pueblos en carros y las colocaban para construir, se muestran como el único recuerdo de aquellos años. Y con la pérdida de un oficio se pierde también la tradición. Aquellas jornadas en las que todo el pueblo se unía en comandita, con lo que tenían -con sus carros y vacas- para en una fiesta popular llevar las grandes moles de piedra hasta el lugar en donde sería colocados. Allí se organiza más tarde una verdadera fiesta de confraternidad. Vino y viandas eran repartidas entre todos por el dueño de la construcción para agradecer el esfuerzo. Los dieciséis o los diecisiete años era la edad de comienzo. Tras terminar la escuela muchos jóvenes decidían unirse a algún maestro cantero que les enseñase el oficio. Eso sí, lo primero era picar. Más tarde se convertirían gracias al esfuerzo, la fuerza y la habilidad en verdaderos moldeadores de piedra. Asentar era, por lo tanto, reservado a los especialistas en la piedra. Recuerdan el oficio con cariño pero el trabajo como algún muy duro. En aquellos años no existía la Seguridad Social y sólo se cobraba si se trabajaba, por lo que cualquier lesión picando piedra -que podía ser muy común- era un verdadero riesgo para la vida familiar. Unos decidieron seguir con el oficio mientras que otros con el paso de los tiempos decidieron abandonarlo y dedicarse a otras tareas menos sufridas y más cómodas. Ángel Cerrato indica que en la mayoría de los casos los comienzos como canteros eran debidos a la necesidad de buscar un recurso en la vida. Pero la memoria de aquellos oficios no se debe perder para que no se pierda una parte importante de la historia. Todavía quedan memorias vivas de aquellos años que guardan con celo tanto los recuerdos y esfuerzos como cada una de las herramientas e instrumentos que utilizaban en la dura tarea de construir un pueblo. No en vano fueron verdaderos arquitectos.