Recuerdos de la guerra de Irak

Carlos Cortés
Carlos Cortés MONFORTE

LEMOS

ALBERTO LÓPEZ

Dos soldados de Chantada y Quiroga ayudaron a construir la base del ejército español en Diwaniya Marcos Carbón y Juan Morales vuelven a casa con decenas de fotos de la misión

13 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

?uan Morales es policía militar en Zaragoza y Marcos Carbón soldado de la brigada aerotransportable con base en Pontevedra. Acaban de volver a sus casas en Quiroga y Chantada desde la ciudad iraquí de Diwaniya, donde participaron en la construcción del centro de operaciones del ejército español en aquel país. «Llevo en el ejército tres años y dos guerras», dice el chantadino Marcos Carbón. Él tiene 21 años y sus compañero de Quiroga 27, pero la de Irak no es su primer misión en el extranjero. El más joven estuvo ya en Kosovo y el mayor en Bosnia. Nada que ver con lo que han vivido los últimos tres meses. Tanto en Bosnia como en Kosovo podían salir de sus cuarteles. De la bautizada como base España en Diwaniya no sale nadie si no es con medio ejército detrás. Su relato de estos tres meses en Irak coincide. Ninguno de los dos se ocupaba de las patrullas rutinarias, la misión más dura. «Los que patrullaban soportaban, como mínimo, apedreamientos diarios», explica Marcos. Ellos se ocupaban de la intendencia de la base. El chantadino es informático y ayudó a poner en pie el sistema que permitió a los soldados hablar por teléfono con sus familias, y su compañero recibía y ponía orden en los recambios mecánicos para los vehículos militares. Sólo salían a patrullar cuando la escasez de personal lo obligaba. Ni cantina Vetado el ocio en el exterior, su vida allí discurría entre largas jornadas de trabajo y momentos de descanso para relajarse con sus compañeros, incluidos los de un grupo de soldados estadounidenses destinados allí, y para escapar del calor debajo de los aparatos de aire acondicionado. Cuando funcionaban, que no siempre había esa suerte. Como ocurría con otras muchas cosas. «Al principio no había ni cantina», dice Juan. Ni cantina, ni televisión ni teléfono. Tenían que recurrir a los empleados iraquíes de la base. Marcos recuerda su dependencia de ellos. «Las primeras semanas lo conseguíamos todo a través de ellos... comida, tabaco, todo». Ninguno de los dos quiere ser muy explícito con sus conclusiones sobre aquella guerra y la extraña posguerra que les tocó vivir. Insinúan, pero no dicen. Igual que cuando se quejan entre dientes de las condiciones en las que vivían los habitantes de base España. «De esas cosas preferimos no opinar», resuelven, diplomáticos. Y pese a todo, dicen que no les importaría volver. De hecho, los dos fueron voluntarios. De Pontevedra tenían que ir dos informáticos, y Marcos era el tercero. Se libraba, pero uno de sus compañeros iba a casarse dentro de poco y decidió sustituirlo. A Juan le venía bien porque la misión le coincidía con la espera para las oposiciones al Cuerpo Nacional de Policía que va a hacer a principios del próximo año. El plus de más de 2.000 euros que cobraban también los ayudó a decidirse, aunque, como dice Marcos, «el sueldo no estaba mal pero tampoco bien». Una nómina generosa a cambio de mucho trabajo, muchísimo calor y bastante miedo.