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01 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.HAY UNA expresión relativa a la huelga que no ha pasado al Diccionario de la Lengua Española: la que ha bautizado a los piquetes informativos de huelga de toda la vida con el peregrino etiquetado de piquetes informativo. ¿De qué? ¿de que una pandilla numerosa le va a abrir a uno la cabeza, o le va a pinchar a rueda, o romper el escaparate, amparándose en la cobardía del número y el anonimato, así como en la tolerancia política, dispuesta a mirar a otro lado para evitar males mayores? Ciertamente. No obstante, es siempre de temer que se desate la espiral de la violencia, por ejemplo, sindical: dígalo, si no -la historia es maestra de la vida- la revolución minera asturiana, que ensombreció y ensangrentó la marcha de la II República en sus comienzos mismos. Pero permitir la violencia, por mucho que se la disfrace con la piel de la mentira piadosa, es mal camino para una democracia. En esa anterior etapa, los piquetes engendraban los antipiquetes y unos y otros acababan empleándose en luchas campales entre profesionales de la violencia. El diccionario distingue dentro de la voz piquete hasta tres tipos. Una alude a un «grupo de personas que pacífica o violentamente intentan imponer o contener una consigna de huelga»; otra habla de lo que es un verdadero piquete informativo, aunque sin llamarlo así: «pequeño grupo de personas que exhibe pancartas con lemas, consignas políticas, peticiones, etcétera». Ese pequeño grupo se limita a circular con sus mensajes, sin atizarle a nadie con las consiguientes pancartas. Jorge Sorel escribió su célebre obra «Refleciones sobre la violencia» justo a propósito de la llamada huelga general revolucionaria -o política- a la que recomendaba la «acción directa». Al menos, no mentía.