Poco recordado hoy en su tierra natal, el mandato del gobernante gallego sólo duró un lustro, pero dejó numerosas huellas en la historia de Sudamérica
19 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.La figura de Pedro Antonio Fernández de Castro Andrade y Portugal es mucho menos conocida actualmente en su tierra de origen que la de sus célebres parientes y antecesores, el séptimo conde Pedro Fernández de Castro y el cardenal Rodrigo de Castro. Sin embargo, su mandato como virrey del Perú dejó numerosas huellas al otro lado del Atlántico. Su vida y su época fueron estudiadas por Jorge Basadre y Guillermo Lohmann Villena, dos de los más ilustres historiadores latinoamericanos. Algunas de las construcciones que levantó y los lugares donde vivió son hoy una parte destacada del patrimonio histórico del Perú, donde su nombre es recordado en lugares públicos de las principales ciudades. Su recuerdo es utilizado como atractivo turístico y un moderno hotel de la ciudad de Puno ostenta el curioso nombre anglohispano de Conde de Lemos Inn . El hecho histórico más sobresaliente que protagonizó el conde monfortino se produjo poco después de que éste llegase al Perú con su esposa, acompañados por un aparatoso séquito de 113 personas, para tomar posesión del mando supremo de la colonia. Su nombramiento como virrey coincidió con una época sumamente agitada, cuando estaba en su auge la explotación de las célebres minas de plata de Potosí -hoy en territorio de Bolivia-, de las que salió durante muchos años una riqueza incalculable. Las minas del virreinato, propiedad de la Corona, eran trabajadas exclusivamente por indígenas, en condiciones infrahumanas, y de ellas se beneficiaba sobre todo una casta de poderosos hacendados que poseía la concesión de los yacimientos. Al llegar el conde al Perú, los ricos adjudicatarios de las minas habían adquirido tal poder que no tenían reparo en desobedecer y desafiar a las autoridades imperiales. La principal zona minera, en el sureste del país, funcionaba de hecho como una especie de estado independiente y la situación se había complicado al estallar una guerra civil entre los hacendados vascos y los andaluces. Campaña militar Pedro Antonio Fernández de Castro llegó de la Península con órdenes expresas de pacificar la zona y las cumplió a sangre y fuego, de acuerdo con su carácter exaltado e impulsivo. Al poco tiempo de tomar posesión del cargo, dejó a su esposa al frente del gobierno y organizó una expedición militar contra los hacendados rebeldes, que se empeñó en dirigir en persona. Para ello no dudó en recorrer los más de mil kilómetros que separan Lima de Potosí, una región situada a 4.000 metros de altura. El ataque desencadenado por las tropas del virrey se saldó con un gran número de muertos, de tal manera que un siglo después se decía que aún podían encontrarse huesos de las víctimas desperdigados por los alrededores de Laicacota, una población entonces bastante importante que fue el principal teatro de la campaña. Además, unas 2.000 personas huyeron de la región y 42 fueron ejecutadas en la horca, mientras otras 60 eran condenadas a muerte en rebeldía. En los informes que envió a la Península, el expeditivo conde monfortino se jactó de haber salvado el reino del Perú cuando éste ya estaba prácticamente perdido para la Corona.