El consumo de hipnosedantes entre los menores: «Damos a entender que todo se arregla con química, y esta nunca es la solución al problema»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

LA TRIBU

Imagen de archivo de hipnosedantes en una farmacia.
Imagen de archivo de hipnosedantes en una farmacia. CARMELA QUEIJEIRO

La última encuesta sobre uso de drogas en enseñanzas secundarias desvela que casi uno de cada cinco menores los ha tomado alguna vez en la vida: ¿qué circunstancias les llevan a ello?

16 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Un 17,9 % de los jóvenes de entre 14 a 18 años declara haber tomado hipnosedantes (tranquilizantes y somníferos, con o sin receta) alguna vez en la vida, según la última encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias (Estudes, 2025), elaborada por el Ministerio de Sanidad, en la que se documentan las sustancias con mayor prevalencia de consumo en los últimos doce meses entre los menores. Teniendo en cuenta los datos de toda la serie histórica, supone el primer descenso de esta sustancia desde el 2014, pero es bastante superior al primer resultado disponible, del 1994, que era un 6,9 %. Las cifras preocupan, ya que el consumo sin prescripción médica engloba al 9,5 % y la edad media de inicio de consumo se sitúa en los 14 años. ¿Qué lleva a los jóvenes a tomar estas sustancias?

Los hipnosedantes son fármacos depresores del sistema nervioso central. Potencian el efecto del neurotransmisor inhibidor GABA, reduciendo la actividad neuronal. Entre ellos, el Lorazepam, Bromazepam o Alprazolam, con efectos ansiolíticos; el Lormetazepam y Zolpidem, con efectos hipnóticos; o el Diazepam y Clonazepam, con efectos sedantes o relajantes musculares. 

Carmen Moreno, vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (Sepsm), pone contexto a las cifras relacionadas con su consumo en jóvenes. El primer punto, dice, es tener en cuenta un porcentaje de jóvenes que tiene o va a tener un trastorno mental durante la adolescencia.  «Por lo que estaríamos hablando de un grupo que puede necesitar tratamiento, y si estamos hablando de un momento puntual, los hipnosedantes pueden ser una opción». El segundo aspecto a subrayar es que existen menores que, sin llegar a sufrir un trastorno de la salud mental, «ante determinadas situaciones vitales difíciles, como malestar o estrés, acude a servicios médicos de atención primaria, donde le pueden prescribir este fármaco». Y por último, aquellos que los toman sin receta. 

Los problemas de salud mental más frecuentes en menores, ¿detrás del consumo de hipnosedantes?

Moreno indica que los trastornos de la salud mental más frecuentes en menores son de dos tipos. «Por una parte tenemos los trastornos mentales relacionados con la ansiedad y con la depresión y, luego, los que tienen que ver con el déficit de atención e hiperactividad. Además, en los últimos años, los trastornos del espectro del autismo también son cada vez más frecuentes». La edad de aparición es variable. «Sabemos, por estudios que se han hecho a nivel mundial, que un porcentaje muy importante de todos los trastornos mentales aparece antes de los 25 años. Y uno más pequeño, aunque también relevante, antes de los 18». 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años padece algún tipo de trastorno mental. «Destacan la depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento. Además, no debemos pasar por alto la atención al suicidio, ya que se considera que es la primera causa de muerte no accidental en jóvenes», remarca María Carou, coordinadora do Grupo de Traballo de Trastornos Adictivos do Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia (COPG). 

«Pero los hipnosedantes no suelen ser tratamientos per se. No es un fármaco que prescribimos, por ejemplo, para una depresión o para otro tipo de trastornos, como el obsesivo compulsivo (TOC). Si bien a veces acompañan a otros tratamientos y sí se utilizan en situaciones de urgencia», apunta la psiquiatra. Tal como explica, se debe recurrir a ellos en plazos cortos y ante situaciones de emergencia. «Está muy bien replantease si es la primera opción que tenemos que tener ante determinadas situaciones puntuales de ansiedad. Desde luego, el malestar no deberíamos tratarlo con psicofármacos», reflexiona. 

El acceso a hipnosedantes y el mayor consumo que se da en ellas 

El 9,5% de los alumnos reconoce que alguna vez en su vida ha consumido hipnosedantes sin que se los haya recetado un médico. La edad media de inicio en el consumo sin receta se mantiene entre los 14 y 15 años. Además, al profundizar en el análisis del consumo de hipnosedantes sin prescripción médica previa en función del sexo, se puede observar que el consumo con y sin receta, independientemente de la edad y del tramo temporal que se tome en observación, es mayor en ellas. Esto no es un fenómeno nuevo, históricamente el consumo de hipnosedantes sin receta siempre ha estado más presente entre las chicas. «Y si se amplía la observación, en los adultos todavía se nota más la diferencia», lamenta Francisco Pascual, miembro de la Sociedad Científica Española de Estudios sobre el Alcoholismo y otras Toxicomanías (Socidrogalcohol).

«La pregunta es: ¿qué lleva a una joven de entre 14 a 18 años a tomar un tranquilizante? ¿Y quién los da? Puede que lo tengan a mano en casa, porque los toma algún familiar. A veces, han sido los propios padres que han visto que estaba sufriendo, con un cuadro de ansiedad, y se los dan. Sea cual sea la circunstancia, es preocupante», reflexiona Pascual. «Estamos dando a entender que todo se arregla con química y esta puede ser un apoyo, pero nunca la solución al problema». 

El consumo de hipnosedantes en adultos se triplicó entre los años 2005 y 2022, del 3,7 al 9,7 %. Así lo confirmó un estudio publicado en la revista Gaceta Sanitaria y llevado a cabo por investigadores del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Santiago de Compostela, del Consorcio de Investigación Biomédica en Red (CIBER) de Epidemiología y Salud Pública, y del Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago (IDIS), a través del cual analizan la evolución del consumo de hipnosedantes en la población española de 15 a 64 años. Los autores del estudio explican que el aumento del uso de hipnosedantes se ha asociado con un incremento de los trastornos de ansiedad y depresión causados por dificultades familiares y económicas, estrés laboral, incertidumbres y cambios sociales derivados de la crisis financiera de la década de 2010.

Si bien el uso de hipnosedantes en nuestro país alcanzó su máximo en el 2022 un fenómeno observado en otros lugares y vinculado a los efectos psicológicos de la pandemia. La prevalencia de consumo más alta se observó en Galicia (14,1%), Canarias (13,6%) y Andalucía (12,5%). Y en línea con lo expuesto, fue mayor en mujeres que en hombres: un 18,5 % de las gallegas declara tomarlos, seguidas de las extremeñas (17,1%) y las canarias (16,9%), mientras que las madrileñas son las que menos recurren a los hipnosedantes (7,1%). 

«La prescripción de hipnóticos en población general es alta, por lo que estaría muy bien extremar las precauciones que se refieren a dónde se guardan los psicofármacos, incluso los medicamentos en general. No deben estar accesibles a los menores. Desgraciadamente, estos fármacos se pueden conseguir de otras maneras, pero esto se nos escapa», afirma Moreno. 

Por su parte, Carou sostiene que los hipnosedantes, a nivel social y familiar, no son considerados como «drogas»: «No tiene el impacto que puede tener cuando hablamos de cualquier otra sustancia (en la encuesta Estudes, las preguntas sobre su consumo se complementaban con otras sobre tabaco, alcohol, cannabis, etcétera). Creo que son más accesibles, pueden estar en el botiquín de casa, y es más fácil que recurras a estos para sentirte bien si estás familiarizado con ellos». 

Los efectos adversos de los hipnosedantes 

Los hipnosedantes son sustancias que pueden crear dependencia. El prospecto del Lorazepam, por ejemplo, describe que «el tratamiento con benzodiazepinas puede provocar el desarrollo de dependencia física y psíquica. El riesgo se incrementa con la dosis y duración de tratamiento y es también mayor en pacientes con antecedentes de consumo de drogas o de abuso de alcohol». Asimismo, una vez que se ha desarrollado esta dependencia, la finalización brusca del tratamiento puede acompañarse de síntomas como cefaleas, dolores musculares, ansiedad acusada, tensión, intranquilidad, confusión e irritabilidad. Se recomienda que la duración del tratamiento debe ser «la más corta posible»; en el caso del Lorazepam, sin exceder las cuatro semanas para el insomnio y de ocho a doce para la ansiedad. 

«Puede ser útil informar al paciente al comienzo del tratamiento de que este es de duración limitada y explicarle de forma precisa cómo disminuir la dosis progresivamente. Además, es importante que el paciente sea consciente de la posibilidad de aparición de un fenómeno de rebote, lo que disminuirá su ansiedad ante los síntomas que pueden aparecer al suprimir la medicación», describe la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps). 

Por su parte, Moreno amplía que «además de ser sustancias con potencial adictivo, si las estás tomando cuando no te hacen falta, te quedas dormido; en las edades que estamos hablando, puede tener efectos sobre la capacidad para estudiar y somnolencia». 

Las diferencias entre sexo

Los trastornos de la salud mental más prevalentes entre los jóvenes presentan diferencias entre sexos. «Mientras que en los trastornos del neurodesarrollo hay más prevalencia de hombres que de mujeres, aunque en los últimos años esa diferencia se ha ido estrechando porque se empiezan a hacer más diagnósticos en chicas porque tienen un perfil menos clásico, en el caso de los trastornos afectivos, la depresión y la ansiedad, la prevalencia es mayor en mujeres. En la depresión, que empieza a tener más incidencia a partir de los 13 o 14 años, hay mayor porcentaje de pacientes mujeres», indica Moreno. 

Además, las mujeres acuden más a los servicios de salud mental en relación a este tipo de síntomas, según apunta la vocal de la Sepsm. «Se dan estas dos circunstancias y es importante entender que los trastornos afectivos son multifactoriales, no se deben en exclusiva a lo biológico, ni a lo social ni a lo ambiental, sino a una concurrencia de diversos factores para que aparezcan. Pero en general, la tendencia a pedir ayuda es claramente mayor en ellas». 

¿Baja tolerancia al malestar?

«Creo que la tolerancia a la frustración está mermada en la sociedad actual», opina Carou. «Tengo experiencia profesional en adicciones y las características de personalidad de personas con trastornos adictivos son precisamente esas: baja tolerancia a la frustración, impulsividad, búsqueda de sensaciones y de placer inmediato. Es casi la sociedad en la que estamos entrando». Pero además, en un cerebro adolescente, donde las funciones ejecutivas todavía se están desarrollando, la problemática crece todavía más.  

Moreno asegura que existe la tendencia de medicalizar el malestar. «Y lo vemos en consultas frecuentemente. No nos cansamos de decir que, efectivamente, necesitaríamos ser capaces de tratar mejor y de tener más capacidad de tratamiento, sobre todo a nivel psicoterapéutico, de algunos trastornos que es lo que más necesitan. Pero si estamos hablando de situaciones de malestar de la vida cotidiana, hay que frenar antes de hacer una derivación y esto, a veces, es muy difícil desde la atención primaria». 

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez Lorenzo

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.