Cuatro de cada diez niños sufren dolor crónico en España: «Casi lo peor que se puede hacer es tratarlo con analgésicos»
LA TRIBU
El dolor infantil no siempre se aborda de la manera adecuada, con las consecuencias que eso puede tener en su vida: «Tienen el doble de posibilidades de seguir padeciéndolo de adultos»
10 ene 2026 . Actualizado a las 10:47 h.Los menores pueden padecer dolor crónico, y con más frecuencia de la que se suele creer. Así lo confirma Luis Miguel Torres, presidente de la Sociedad Española Multidisciplinar del Dolor (Semdor): «Las revisiones sistemáticas más recientes estiman que aproximadamente uno de cada cinco niños puede presentar algún tipo de dolor crónico o recurrente, con prevalencias globales cercanas al 20 %». Entre las dolencias más frecuentes se encuentran las cefaleas recurrentes, incluida la migraña; el dolor musculoesquelético, con o sin patología reumática asociada; o el dolor abdominal funcional. El objetivo no es solo aliviarlo, sino proteger su desarrollo. Francisco Reinoso, miembro del grupo de Trabajo de Dolor Infantil de la Sociedad Española del Dolor (SED) y Jefe del Servicio de Anestesiología y Reanimación Infantil del Hospital Universitario La Paz, explica que «es especialmente difícil de abordar y no siempre lo hacemos de forma adecuada». No conseguirlo tiene consecuencias: un niño con dolor crónico tiene un 50 % más de probabilidades de sufrirlo cuando sea mayor si no recibe el tratamiento adecuado.
Cómo se mide el dolor en los niños
La medición del dolor en la infancia debe adaptarse a la edad y desarrollo del niño. «En los pequeños, menos de cuatro o cinco años, nos basamos sobre todo en escalas observacionales que valoran la expresión facial, el llanto, la postura, el movimiento, el consuelo y otros signos puntuales. Un ejemplo clásico es la escala FLACC (Face, Legs, Activity, Cry, Consolability; Cara, Piernas, Actividad, Llanto, Consuelo, en español)», indica Torres.
Cuando el pequeño ya se encuentra en edad escolar o incluso preescolar, se utilizan escalas visuales adaptadas: la de las caras (conocida como Wong-Baker), donde el niño elige la cara que mejor representa su dolor; de colores o de barras graduadas con números. «A partir de cierta edad, muchos pueden usar también escalas numéricas, de 0 a 10, siempre que se expliquen bien», añade el presidente de Semdor. El 0 corresponde con no sentir ningún dolor y el 10, el peor posible.
En la adolescencia se pueden emplear las mismas escalas numéricas y visuales que en los adultos. Además de cuestionarios sobre impacto funcional, asistencia escolar, estado de ánimo, etcétera. «En todos los casos, es esencial complementar la escala con la información de los padres o cuidadores y con la observación clínica: cambios en el juego, en el apetito, en el sueño o en el rendimiento escolar pueden ser tan relevantes como una puntuación del 0 al 10», asegura Torres.
Para la doctora Judith Sánchez, miembro del comité de dolor de la Asociación Española de Pediatría (AEP) y jefa de unidad de Reumatología Pediátrica del Hospital Universitario Parc Taulí, las escalas de medición deben ir acompañadas de otros medidores: «La afectación de la calidad de vida en niños más autónomos, y si son pequeños, ver si hay cambios de humor, un llanto inconsolable o que duerman mal», indica la experta. Precisamente, cuando el menor todavía no tiene una edad para quejarse, con total certeza, de lo que le sucede, los padres suelen llegar a consulta motivados por un cambio de comportamiento en el pequeño, «porque deja de moverse, no juega en el patio o, incluso, porque dice que le pica cuando, en realidad, significa que le duele», destaca la especialista.
Escalas aparte, la doctora Sánchez recuerda que la percepción no siempre es fácil de valorar. «No es cuestión de ponerse un termómetro y saber si uno tiene fiebre o no», señala. Para la especialista, las molestias crónicas a nivel pediátrico tienen una serie de implicaciones que no existen en adultos. «Para un niño supone dejar de relación con sus iguales, dejar de ir a actividades extraescolares o de hacer deporte y, todo ello, conlleva problemas en su crecimiento, maduración y salud mental», dice la miembro de la AEP, quien también pone de manifiesto las consecuencias para su entorno. «Es posible que tenga un hermano más resiliente o con más ganas de ayudar a los demás porque ha visto cómo sus padres están más pendientes de su otro hermano que de él mismo, o sus progenitores van a tener que perder trabajo y ocio para cuidar del niño», ejemplifica con conocimiento de causa.
¿El diagnóstico de dolor crónico es igual que en el adulto?
El diagnóstico de dolor crónico presenta diferencias por edades. «En principio, en adolescentes y niños más mayores utilizamos el mismo umbral que se utiliza en la población adulta: tres meses, en los que el sistema nervioso central cambia totalmente el tipo de transmisión de dolor, de agudo a crónico», sostiene Reinoso. Pero cuando se trata de bebés, neonatos y lactantes, «no sabemos exactamente cuánto tiempo necesita esa molestia para pasar de una "autopista" del sistema nervioso central a otra, que es la que utiliza este sistema nervioso central para transmitir el dolor crónico».
En este sentido, Reinoso remarca que, en general, el dolor crónico es una enfermedad en sí misma. «Este se considera un síntoma cuando se produce como consecuencia de una causa más o menos inmediata: una apendicitis, una inflamación, una infección o un traumatismo. Pero cuando no se encuentra una causa clara que lo provoque y se mantiene durante mucho tiempo, ya en sí mismo es una patología. No es nada útil para el organismo ni está informando de nada».
Y para comprenderlo mejor, pone un ejemplo: «Cuando un niño tiene cáncer, que tenga dolor no nos avisa, después del diagnóstico, de que el paciente tiene esta enfermedad, ya nos hemos dado cuenta. En ese sentido, el dolor ya no es un síntoma, sino que se constituye como una enfermedad incluso peor que el cáncer que lo provocaba».
Qué puede haber detrás de un dolor crónico en niños
Detrás de un dolor crónico en niños «predomina lo que llamamos primario, es decir, aquel en el que no encontramos una causa orgánica como tal que lo justifique, sino que se que se produce como consecuencia de una facilidad que tiene el sistema nervioso central de los niños para que estímulos que, en condiciones normales no serían dolorosos, se conviertan en estímulos que se perciben como tal, con todas las consecuencias que tiene para el paciente y la fisiología», detalla Reinoso.
Según Torres, entre las causas más frecuentes de dolor crónico en la edad pediátrica, se incluyen: las cefaleas recurrentes, como las tensionales y la migraña; el dolor abdominal funcional y algunos trastornos gastrointestinales; el de tipo musculoesquelético, como problemas de crecimiento, sobrecarga deportiva, escoliosis, síndromes de hipermovilidad; enfermedades reumatológicas como la artritis idiopática juvenil y otras conectivopatías; el dolor oncológico y suelas de los tratamientos, ya sea cirugía, quimioterapia y radioterapia; la enfermedad de células falciformes y otras de tipo hemotológico; dolor neuropático tras traumatismos, intervenciones quirúrgicas o infecciones; y síndromes complejos de dolor regional y otros cuadros nociplásticos en adolescentes.
«En todos estos niños, el objetivo no es solo aliviar el dolor, sino proteger su desarrollo global: que puedan seguir estudiando, relacionándose con sus amigos y construyendo un proyecto vital lo más normal posible. Para eso hacen falta equipos especializados y una cultura sanitaria que tome en serio el dolor pediátrico, igual que el dolor del adulto», subraya Torres.
Diferencias entre dolores:
- Nociceptivo: causado por daño directo a tejidos; lesiones e inflamación.
- Neuropático: causado por daño al sistema nervioso mismo; nervios pinzados, neuropatías.
- Nociplástico: una disfunción en el procesamiento del dolor central, no una lesión en el tejido o el nervio.
La incidencia del dolor crónico en niños es mayor que en adultos: ¿por qué?
Cuatro de cada diez infantes, unos 3,2 millones, sufren dolor crónico en nuestro país, una cifra muy superior a la de los adultos (un 26 %). En la infancia y adolescencia es más prevalente en el abdomen, la cabeza y las extremidades, y las niñas lo sufren más que los niños. «Casi la mitad de la población infantil española puede sufrirlo y un 5 % lo padece con una intensidad suficiente como para que le afecte a la calidad de vida», añade Reinoso.
El porqué de esas cifras tiene dos puntos fundamentales a tener en cuenta. «El sistema nervioso central del niño se caracteriza por la plasticidad. Igual que es capaz de aprender idiomas más fácilmente que el adulto, también la tienen para sentir el dolor», indica el coordinador del grupo de Trabajo de Dolor Infantil de la Sociedad Española del Dolor. Se le suma su inmadurez. «Sobre todo en los niños muy pequeños, en los primeros meses de vida, el sistema nervioso central no es capaz de regular correctamente los estímulos dolorosos. Cualquiera que reciba, desgraciadamente va a quedar marcado para bastantes años e incluso su vida adulta».
Cómo se aborda el dolor crónico infantil: los retos
Reinoso considera que el dolor crónico en la población infantil es especialmente difícil de tratar porque hay pocos sitios donde se haga de forma adecuada. Una opinión con la que concuerda Torres: «En España, uno de los retos importantes es, precisamente, la escasez de unidades de dolor pediátrico específicas».
Los principios generales de tratamiento son similares a los del adulto, pero con matices importantes. «En pediatría, el entorno familiar y escolar es clave. No tratamos solo al niño, sino también a su familia: explicamos qué es el dolor crónico, cómo evitar reforzar conductas de enfermedad y cómo favorecer la recuperación de actividades normales», apunta Torres.
Otra clave en su tratamiento es la rehabilitación, el ejercicio y la fisioterapia. «Programas de ejercicio adaptado, fisioterapia, reeducación postural y, en su caso, terapia ocupacional, para recuperar la función y permitir que el niño vuelva a la escuela y a sus actividades habituales», comenta el presidente de Semdor. Sin olvidarse de la intervención psicológica. «La terapia cognitivo-conductual, el entrenamiento en habilidades de afrontamiento, técnicas de relajación y programas grupales han demostrado eficacia en dolor pediátrico crónico, especialmente en cefaleas, dolor abdominal funcional y dolor musculoesquelético».
Se le suma el abordaje farmacéutico, pero de forma prudente y adaptado a su edad. «Se debe tener especial cuidado con la seguridad y los efectos a largo plazo. Los opioides crónicos en niños son muy excepcionales y deben manejarse en contextos altamente especializados», sostiene Torres. Es una de las principales diferencias con respecto a los adultos. «En niños, es mucho más importante el tratamiento psicológico y la fisioterapia que el farmacológico», matiza Reinoso.
La doctora Judith Sánchez reconoce que «casi lo peor que un especialista puede hacer» es tratar con analgésicos un dolor que es crónico: «Son niños que tienen que volver a moverse de forma gradual y de forma progresiva. A veces se puede empezar por una fisioterapia suave y después ir subiendo», destaca. La experta explica que a las familias siempre les presenta tres patas en el abordaje. La más importante, el ejercicio; la psicoterapia y, por último, «la analgesia en momentos puntuales».
Además, en determinadas circunstancias, como el dolor oncológico o síndromes complejos, pueden emplearse técnicas intervencionistas o neuromoduladores. «Pero siempre en centros con experiencia pediátrica. El margen terapéutico es, efectivamente, más estrecho que en adultos, lo que obliga a mayor prudencia y especialización», amplía Torres.
La especialista de la AEP recuerda el valor de educar en dolor. «Con ello, los niños tienen un potencial de mejoría mucho mayor que el de los adultos», señala. ¿La razón? Este tipo de formación, de quien se encarga la psicología, ayuda a romper el círculo vicioso en el que entran este tipo de molestias.
El peligro: sufrir dolor toda la vida
Sufrir dolor crónico en la infancia aumenta las probabilidades de sufrirlo en la edad adulta; concretamente, el doble. «Esto lo sabemos con tanta seguridad porque hace unos años, el sistema británico de salud lideró un estudio sobre cómo evolucionaron diferentes enfermedades en jóvenes, entre ellas, el dolor crónico. Se demostró que aquellos que lo sufrieron en la infancia tenían el doble de prevalencia de seguir padeciéndolo en la etapa adulta».
El objetivo no solo es aliviar el dolor, sino proteger su desarrollo global. «Que puedan seguir estudiando, relacionándose con sus amigos y construyendo un proyecto vital lo más normal posible. Para eso hacen falta equipos especializados y una cultura sanitaria que se tome en serio el dolor pediátrico, igual que el dolor del adulto», concluye el presidente de la Semdor.