Cándida Álvarez: «Nunca llegué a decirle a mi madre que tengo VIH»

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Cándida Álvarez, paciente de VIH
Cándida Álvarez, paciente de VIH M.Moralejo

Diecisiete años después de su diagnóstico considera que, aunque en el campo de la medicina y la investigación se ha avanzado mucho, la huella social del virus sigue siendo muy profunda

25 jun 2022 . Actualizado a las 16:12 h.

«Soy Cándida Álvarez Fernández. Es un nombre muy largo pero lo digo entero porque no quiero hacerle el feo a mi madre, ¿sabes?», dice entre risas con un claro acento argentino. Nacida en Ourense en 1958, emigró a Buenos Aires siendo una niña, aunque con el tiempo, y por circunstancias de la vida, decidió retornar. Fue con 47 años cuando se hizo una prueba de VIH en un control rutinario. «Igual que me hago la del control del colesterol, me hice esa», cuenta. Y así llegó la noticia que cambió su vida: un resultado positivo en una coinfección de dos virus, el VIH y la hepatitis C

El portador era su marido y ella no tenía ningún síntoma. «Me diagnosticaron en el 2005 y en ese momento las directrices no indicaban un tratamiento antirretroviral con los valores de linfocitos que yo tenía. Pero sí que los médicos decidieron ponerme un tratamiento para el virus de la hepatitis C, porque había que tratarla. Lo que había disponible era el interferón con ribavirina. Y fue devastador», explica Cándida. «Menos mal que después, en el 2014, salieron unos nuevos fármacos que eran mejores, porque en mi caso fue horrible. Se me interrumpía la función hematopoyética, y claro, no se fabricaba nada. Ni plaquetas, ni glóbulos rojos... Y así, durante un año». 

Como no la trataron de VIH porque las directrices en esa coyuntura así lo determinaban, «el virus de la inmunodeficiencia humana empecé como a procesarlo mientras que la hepatitis C me la tuvieron que tratar ya». Y confiesa que en realidad, eso fue lo duro: «Porque además yo hice seis meses del tratamiento con esos dos fármacos en Buenos Aires y con el resto metido en una neverita, me vine para Galicia. Loca como una cabra. Como quería volver, que al final es donde nací, dije: "Pues me marcho". Arreglé todo, y aquí estoy». 

Cándida habla de un «proceso» después de recibir el diagnóstico de la coinfección. «Fue un impacto muy fuerte tanto a nivel interno para mí como para mi entorno familiar. Lo primero que sentí fue miedo por poder perderme el hecho de ver crecer a mi hijo. Me angustiaba mucho. Y eso que en 2005 ya había un amplio abanico de tratamientos. Pero de igual forma, fue un shock. Es tan fuerte como un diagnóstico de cáncer porque sabes la cantidad de gente que se ha muerto de VIH. Y eso queda ahí registrado en el inconsciente colectivo», asegura.

Ese temor fue lo que le llevó a no decírselo a toda su familia: «Les hablé de la hepatitis C, pero no del VIH, porque no se conocía tanto el hecho de que también se podía transmitir por vía sexual. No estaba tan mal visto». Una de las personas a las que prefirió no confesárselo, fue a su madre. «Le conté que tenía hepatitis C porque ella ya sabía que era una enfermedad que se podía curar por otras personas del entorno. Pero nunca le llegué a decir que tengo VIH porque ella ya era mayor y sé que se iba a preocupar y angustiar. Fue por ese motivo, para preservarla a ella».