Miguel Sánchez, médico intensivista: «Si el enfermo nos pide que le pongamos rock duro, pues le ponemos rock duro»
EL BOTIQUÍN
El académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina de España echa la vista atrás en su especialidad y cuenta cómo ha evolucionado
22 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Miguel Sánchez (Ponferrada, 1954), académico de número de Medicina Intensiva de la Real Academia Nacional de Medicina de España, es, con toda probabilidad, una de las personas que mejor conoce las unidades de cuidados intensivos. Durante años, fue el jefe de Servicio de Medicina Intensiva del Hospital Clínico San Carlos, en Madrid, y un año antes de jubilarse, pudo dibujar la UCI del futuro. La clave, para el experto, es recordar que no tratan enfermedades, sino a enfermos.
—El término de cuidados intensivos nos hace pensar en un paciente que está muy grave. ¿Es correcto?
—Es un área en la que vigilamos a los enfermos estrechamente en todas sus funciones vitales; la respiración, el corazón, la circulación, incluyendo la tensión arterial, también la función del riñón y de otros órganos que deben controlarse. Son enfermos que, o bien ya están en una situación de riesgo vital, como una parada cardíaca o que precisan respiración artificial, o que presentan un gran riesgo de pasar a una situación de ese tipo. En los últimos quince años, la tendencia ha sido ingresarlos en nuestra unidad un poco antes de que empiecen a deteriorarse. Y algo muy importante, debemos considerar que su situación es reversible. Las ucis no tienen una mortalidad muy alta porque seleccionamos a los enfermos que creemos que podemos sacar adelante, se sitúa entre el 5 y el 15 %, dependiendo del tipo de unidad.
—Pueden encontrarse con cualquier cosa.
—Sí, por eso trabajamos con todas las especialidades. La tendencia es que sea, cada vez, un espacio más abierto a todos los especialistas, de forma que puedan aportar, reunirnos con ellos y discutir el caso casi a diario. Es decir, si el ingreso de un posoperatorio grave de una peritonitis, el cirujano vendrá a diario, se interesará por el paciente, tomará decisiones consensuadas sobre lo que vamos a hacer o cuál es el objetivo. Lo mismo con el hematólogo, el oncólogo o el nefrólogo. Ningún especialista abandona a su enfermo. Aunque nosotros intentamos ser un súper especialista en cada cosa que atendemos, contamos con el resto de compañeros.
—¿Ha cambiado el perfil de paciente?
—El tipo más frecuente de uci, en casi todas las partes del mundo, es el de una unidad polivalente en la que ingresan enfermos quirúrgicos y médicos. Pero ahora han aumentado mucho los que tienen depresión del sistema inmune por alguna razón; o por un tratamiento o por un cáncer. Muchos enfermos oncológicos también ingresan porque su pronóstico es mejor. Es decir, la supervivencia se ha incrementado, lo que implica que sacamos adelante a este tipo de enfermos. Pero eso obliga a apoyarnos en los especialistas. No podemos negar que el que más sabe de una leucemia es el hematólogo.
—¿Cómo cree que cambiará la uci de aquí a unos años?
—Hay varios equipamientos, como los respiradores o las máquinas de dializar a los enfermos de manera continua que irán cambiando. Los monitores de diferentes sistemas van mejorando. Estamos un poco a expensas de la innovación tecnológica que se produce, tanto a nivel de hardware, como de software, que es cada vez más importante. Lo que ya se está empezando a ver es que todos estos dispositivos recogen datos del enfermo y pueden hacer recomendaciones, pueden ayudar al manejo del enfermo. Por ejemplo, un sistema que recoge datos de la situación cardiovascular del enfermo y que pueda recomendar incrementar o reducir la dosis de ciertos fármacos, aportar más volumen, más salino y otras sustancias que rellenan el árbol vascular: las venas y las arterias. Que se integren recomendaciones o que, incluso, empiecen a funcionar automáticamente. Eso sí, siempre con la supervisión médica. La integración de la inteligencia artificial a la ayuda y al manejo del enfermo está muy cerca de producirse. Otra cosa es que haya recursos económicos para comprar esos nuevos equipamientos. El reto es que se produzca una integración de todo esto. Pero acabará llegando porque, al final, la inteligencia artificial no se cansa, puede interpretar las cosas siempre en la misma dirección, y aunque haya un especialista, será de ayuda.
—¿Cómo se organiza una uci?
—La estructura , en muchos sitios, se adapta un poco a su tipología. Si hay muchos enfermos quirúrgicos que están poco tiempo, conviene tener un espacio relativamente abierto para no tener que hacer muchas maniobras con las camas, ni andar tocando las paredes o las puertas. Una habitación deseable y típica en una uci sería una grande, mucho más de lo que antiguamente se diseñaba en los planos de los arquitectos, porque también tenemos muchos más aparatos que utilizar. Inicialmente era una cama, un respirador y un monitor, pero muchos enfermos necesitan mucho más. Por ejemplo, una máquina de diálisis, una para hacer ECMO o un sillón grande para poder sentar al paciente, y otro para un acompañante. Esto ya implica hacer la uci más agradable para el enfermo. Muchos de ellos están más centrados, tranquilos y más contentos porque tienen a un familiar al lado con el que pueden hablar, el que le pone música o el que le quita las gafas cuando lo necesita. También podemos hablar de tener unas áreas con plantas y con ventanas al exterior para que los enfermos puedan ver la calle, la sierra como es el caso del Hospital Clínico San Carlos. Si yo me interesé por ese tema es porque en mi hospital se ha planeado en los próximos años hacer una uci nueva. Ahí hemos planteado boxes más grandes, pero también cosas como que, por ejemplo, los enfermos que ya no estén tan graves pero necesiten ser vigilados tengan una taza de váter, que no haya que hacer deposiciones en la cama en una cuña de plástico. La mayoría de los enfermos se quejan mucho de eso. Por eso, la intención es que la taza de váter se pliegue desde la pared y se pueda esconder.
—Entiendo que, entonces, tendría sentido que la familia pudiese visitarlo y estar con él como sucede en otras áreas.
—Debería ser posible hacerlo, sí. Cuando empecé en Cuidados Intensivos, lo primero que hicimos fue cambiar el diseño que había. Era un diseño en el que los seres queridos no podían entrar a la zona de las camas, de manera que había un pasillo con ventanas para que pudieran ver y mirar a su familiar, pero no podían hablarle, tocarle, ni cogerle la mano. Eso se acabó hace más de cuarenta años. Los familiares pasan a ver a su familiar, están allí un rato, tanto como sea posible. Hay enfermos que están y se van al día siguiente o a los dos o tres días, para los que no es tan relevante, pero los que están más tiempo, porque están más graves, es la propia uci la que negocia con los familiares cómo les viene bien acudir a visitarlo, y se ajustan al horario laboral, por ejemplo. Tampoco puede ser que esto se convierta en un centro comercial, la gente que se está recuperando tiene que descansar. Pero te diré que la propia familia tampoco quiere estar ahí todo el rato, porque la persona está con ventilación mecánica, con respiración artificial, sedada y dormida. No tiene sentido estar allí 24 horas. Por eso hablamos con ellos.
—¿Cómo se humaniza la uci?
—Es intrínseco a la medicina. Se nos van ocurriendo cada vez más cosas para hacer que el enfermo en la uci esté en un ambiente favorable, agradable y que no sufra más de lo que le proporciona su enfermedad. Todos estamos de acuerdo en que hay que velar por ello, incluso, llegando al extremo de que se pueda traer a las mascotas, que a algunas personas les puede dar alegría y consuelo. Por supuesto, en un área acondicionada para ello, como una terraza.
—¿Llegarán a ponerles música?
—Sí. Eso se trató desde hace muchísimo tiempo. Hace muy poco hubo una iniciativa de un grupo musical para los enfermos que lo puedan disfrutar, que están despiertos, como puede ocurrir en las unidades intermedias. No sé si a uno le gusta más el rock y a otro más el flamenco, eso ya es más difícil. Nosotros lo que sí hemos hecho con frecuencia es que, como tenemos ordenadores a pie de cama, el personal de enfermería les pone algún programa musical disponible en Internet y le preguntamos a un enfermo qué tipo de música le gusta. Y si es el rock duro, pues el rock duro. Es una cosa muy fácil de hacer hoy en día. De hecho, podríamos tener monitores o tablets, por ejemplo, donde el enfermo elija lo que quiere ver, una película, escuchar música o ver un partido de fútbol.
—¿El espacio en sí se puede cambiar, modificar?
—Hemos propuesto, y ya veremos los recursos que nos dan para eso, convertir paredes enteras en luz, o colores, o proyectar paisajes externos y que la gente vea un bosque, unas montañas o el mar. Eso ya es posible. Incluso, para procedimientos especiales, opacar las ventanas, la puerta de acceso de cristal a las uci. Todo eso es posible hoy en día y debemos tenerlo en cuenta para que todo sea lo más agradable posible.
—¿Y el ruido?, ¿debe haber silencio total?
—Depende un poco. Somos un pueblo muy sociable. Por la noche por supuesto que debe haber silencio. De hecho, se les puede quitar el sonido a las alarmas y que solo suenen las del respirador o monitor. Pero por el día, yo creo que hay muchos enfermos que están encantados con que haya bulla. Hay que respetar que quieran dormir y evitar que todo esto sea un centro comercial en rebajas, pero oír a gente, que de repente llega otro médico en el cambio de turno, animado, de su casa, descansado, eso ayuda y gusta a los enfermos. Pienso que disfrutan ver y escuchar cómo hablan entre ellos o con el propio paciente. No somos un pueblo frío, por lo que no hay que estar en la uci como su fuese un cementerio.
—Lideró un estudio, junto al profesor Jesús Fernández-Tresguerres con el que comprobó que la melatonina, a dosis altas, podría reducir la mortalidad en pacientes críticos con covid. ¿La uci está dando pasos en los tratamientos que van más allá de lo convencional?
—Lo hicimos durante los primeros meses de la pandemia. Era un virus totalmente nuevo, y empezamos a dar cosas por razonamiento. No dábamos corticoides, por ejemplo, porque podría ser incluso malo; dábamos algunos antivirales. Había una sensación de inseguridad. A mediados de marzo, estábamos totalmente sobrepasados por todos los enfermos. No nos quedó otra que pensar en otras soluciones. En la academia, el profesor Jesús Fernández, que lleva más de treinta años haciendo experimentos, tenía una línea de trabajo con la melatonina. Habían llegado a conclusiones muy interesantes respecto a las acciones de la melatonina a dosis altas, que no solo estaba implicada en la regulación del ritmo circadiano, sino que tenía potentes efectos antiinflamatorios y antioxidantes. Probamos 50, 100 y 200 miligramos de melatonina al día, en esta situación en la que no sabíamos qué podíamos usar, aparte de evitar que se murieran los enfermos con los respiradores.