El sistema político francés, que a veces se denomina irónicamente «monarquía electiva», tiene un problema que se puesto de manifiesto varias veces a lo largo de la Quinta República: puede provocar que el presidente sienta envidia de su primer ministro. Y con un presidente tan vanidoso como Emmanuel Macron era fácil que esto volviese a suceder. Porque no hay ninguna otra explicación para que Macron haya prescindido de Édouard Philippe, salvo la de que tenía más apoyo popular que él. No es que Philippe fuese una amenaza para Macron. Simplemente, era popular, y esa popularidad, por sí misma, no hacía sino resaltar, por contraste, la enorme impopularidad del presidente, que no es tanto un rechazo político como personal. Hasta cabe preguntarse si la popularidad de Philippe no sería del todo real, sino precisamente el resultado de la comparación con Macron, otro modo, en definitiva, en el que los franceses expresaban su disgusto con el presidente.

Que el elegido para sustituir a Édouard Phillippe sea Jean Castex no hace sino alentar estas sospechas. Porque Castex es otro Phillipe. Castex también es un hombre de la derecha que procede del partido Los Republicanos, un enarca salido de la famosa escuela de administración pública de la que se nutre la clase política francesa, un alcalde por ahora sin perfil nacional.

Un Philippe con el contador a cero

Fue el encargado del desconfinamiento en Francia, por el que los sondeos le dan buena nota —no está muy claro por qué—, pero, por lo demás, más que un líder ha sido un colaborador —de Nicolas Sarkozy, sobre todo, en el pasado—. Se diría que Macron elige a un Philippe con el contador a cero, en un intento desesperado por recobrar protagonismo y ganarse otra vez el afecto de la opinión pública. Pero suena a intento vano, porque Macron, en realidad, nunca gozó de ese afecto, sino de una especie de expectativa desesperada cuando parecía que estaba a punto de llegar al poder Marine Le Pen. Como no podía ser de otro modo cuando uno se guía por el principio del mal menor, la decepción fue casi inmediata, y desde entonces el proyecto de Macron ha ido a la deriva.

Ahora que esa deriva se ha convertido en agonía, la cuestión es cómo se reconfigurará la política francesa una vez que se haya disipado el impacto de macronismo. Por lo que se ha visto en las recientes —un tanto raras— elecciones locales, los partidos tradicionales parece que empiezan a reorganizarse a derecha e izquierda, pero sin la suficiente energía como para que se pueda hablar de un regreso al bipartidismo. En la izquierda, el ecologismo —que, hasta ahora al menos, ha funcionado como un voto refugio— lastra el retorno de un centroizquierda fuerte. En la derecha, es Macron, con su constante caza furtiva de políticos de Los Republicanos, quien entorpece la forja de un centroderecha. El resultado es que, ahora mismo, todo en Francia tiene un aire de provisionalidad, en espera de que los dos años que quedan para las presidenciales decanten un nuevo panorama político más claro.

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Macron se repite