Un desplazado de Crimea ha juntado sobre un ring a los menores Svitlodarsk y Novoluhanske, dos pueblos del frente ucraniano, para que dejen atrás las diferencias identitarias y peleen por la paz

Fermín Torrano
KIEV
09 dic 2019 . Actualizado a las 20:04 h.

Al boxeo le precede la fama de deporte violento. Sin embargo, en Ucrania, a dos kilómetros de las trincheras, el cuadrilátero se ha convertido en un lugar de paz donde los chicos más jóvenes saldan sus diferencias y tratan de noquear al peor enemigo de la región de Donetsk. Tras cinco años de guerra y más de 13.000 muertos, el odio se ha convertido en la principal amenaza entre la minoría ucraniana y una amplia mayoría que se siente ocupada por sus vecinos. 

Los pueblos Svitlodarsk y Noluhanske corrieron distinta suerte en el inicio del conflicto. El primero fue recuperado en verano del 2014, mientras que la liberación de Novoluhanske llegó a finales del 2016 permitiendo, meses después, el inicio de los entrenamientos. 

El más joven de los 40 chicos que acuden esporádicamente cada martes y jueves tiene siete años, no alcanza el metro veinte de altura y llega acompañado por su padre. Su nombre es Sasha y más tarde será el único en no ponerse las vendas. Sube al ring con un pequeño salto para hacer abdominales junto a Mark y Lehor, de ocho y nueve años, respectivamente, mientras los mayores calientan jugando a baloncesto. El primero es rubio, tiene los ojos azules y, aunque es el más grande, cierra los ojos por miedo cuando sus manos no evitan que le golpeen. El otro es moreno, viste un chándal de Adidas negro con rayas blancas y escucha atentamente a su preparador. 

Un entrenador desplazado 

Todo comenzó con la llegada de Aleksandr Shyrshyn, un chico de 25 años que entiende mejor que muchos de sus compatriotas el sufrimiento que genera la guerra. Obligado a huir de su Crimea natal tras la invasión rusa, finalizó los estudios de máster en Polonia antes de buscar la mejor manera de ayudar a su país. Finalmente, ingresó en un cursillo exprés de una escuela misionera protestante que le llevó a la primera línea del frente. Aquí, junto a cuatro personas más, montó VPN Zone, una oenegé de ayuda a la juventud.

Acostumbrado a escuchar los insultos y a recibir escupitajos de una parte de sus vecinos, decidió juntar a las generaciones más jóvenes sobre un ring e intentar poner paz. Y, a diferencia de lo que ocurre en la calle o en el centro juvenil que codirige, con los guantes encontró tolerancia y una unión todavía más fuerte que la identitaria. 

«Hay personas con posiciones a favor de Ucrania y otras a favor de Rusia, pero en este sitio nunca hemos tenido ningún incidente. Aquí solo hacemos deporte», explica Shyrshyn, que añade: «No tenemos tiempo para pensar en este asunto, y esto soluciona el problema entre las diferentes posiciones. Si la gente tiene alguna tarea en su cabeza, no tiene tiempo para pensar sobre otra cosa». 

En la hora larga que pasan con el bucal y el casco no hay piques, ni malas palabras. Tampoco símbolos, banderas, tatuajes políticos o camisetas que levanten asperezas. Al viejo y reconstruido polideportivo de Novoluhanske se va a sudar y olvidar. Los golpes en el saco, la respiración fuerte y los gritos con cada crochet silencian el sonido que, a unos cientos de metros, provocan las explosiones que se cuelan, ya muy suaves, en el interior del recinto. 

Pelear para olvidar 

El estancamiento de la guerra ha convertido los bombardeos nocturnos y el doble control militar de la carretera en una anécdota para una población cuyos problemas no aparecen en las habituales estadísticas de heridos y muertos. El paro, el alcoholismo y la concepción soviética de familia degeneran en falta de referentes y en el abandono emocional de los jóvenes de la zona.

La droga también es una epidemia silenciosa en el este de Ucrania y, pese a que la oenegé trabaja con los toxicómanos en un centro de rehabilitación de una ciudad vecina, el olor que desprende la ropa de algunos de los más pequeños revela que en muchas casas se continúan cocinando sustancias. «Los niños de 6 o 7 años no tienen otro recuerdo de infancia, solo guerra», dice Helena Rozvadovska, exportavoz de la Oficina de los Derechos del Menor y conseguidora de fondos para la reconstrucción del polideportivo. Según sus datos, alrededor de 50.000 menores de edad continúan viviendo a lo largo de la línea y 200.000 lo hacen en el lado ocupado. 

«Los niños son más sensibles a lo que está ocurriendo y el deporte les ayuda a curar su trauma», explica Shyrshyn, que también es padre. Después del calentamiento, da instrucciones a los pocos chicos que han ido hoy y fija su atención en Sasha, que no tiene pareja. Le aguanta el saco, le pone las manoplas y le explica cómo golpear sin lastimarse las muñecas a un joven púgil que levanta unos guantes demasiado pesados para él y que rompe a sudar en el primer ejercicio. El pequeño de siete años no habla, pero alza los brazos a modo de queja cada vez que el entrenamiento se detiene para que el resto reciba indicaciones. Todos quieren la atención de Shyrshyn. 

La figura de Alexandr es cambiante, con los adolescentes ejerce de hermano mayor: les exige, pelea con ellos y, sobre todo, trata de escucharlos. A los más jóvenes les intenta hacer reír para que dejen una rutina diaria que se basa en ir y volver del colegio y que únicamente se rompe cuando algún proyectil impacta en los edificios cercanos al municipio. 

Además de una forma de terapia, el boxeo se ha convertido aquí en un medio para transmitir valores universales como el esfuerzo, la honestidad, el compañerismo y el respeto. Un mensaje que empieza a calar poco a poco y que permite ver saludándose a grupos de jóvenes que años atrás se insultaban por la calle. El cuadrilátero les exige enfrentarse a situaciones complejas, aprender a calmar sus sentimientos y ver al contrario como un igual, algo que ayuda a madurar y a dar el paso a la edad adulta en un lugar en el que la mayor parte de los varones se pone a trabajar muy pronto si no ha cogido las armas antes. 

La poca luz que entra por altas ventanas y la llegada de un padre indican que el entrenamiento está llegando a su fin. Sasha se quita los guantes y, de la mano de su progenitor, se despide con la mirada. Mark y Lehor dan un abrazo a Shyrshyn antes de correr camino a la ducha. Vlad coge la pelota de baloncesto y empieza a lanzar a canasta hasta que su entrenador se agacha entre las cuerdas para sentarse y realizar la entrevista. El boxeo ha terminado por hoy, no así la guerra en la continúa creciendo una infancia cuya pelea más dura está aún por llegar.