El caso de Emanuel Macron demuestra algo importante sobre el populismo y el marketing político: sirve para ganar elecciones, pero no para gobernar países. De hecho, esa política de la imagen, ese culto al producto presidencial perfecto, resulta paradójico, porque las mismas características que hacen que un político joven llegue pronto son las que favorecen que caiga más pronto aún y muy bajo. Es el caso de Macron, quien de la adoración mediática ha pasado a ser el gobernante más impopular de Europa, asediado en la calle por toda clase de protestas. ¿Qué es lo que ha pasado para esta meteórica caída en desgracia entre los franceses?

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¿Por qué ha fracasado Macron?