Para empezar a entender la crisis del Líbano lo primero en lo que hay que fijarse es en los apellidos. El presidente del país es Michel Aoun. Sí, el mismo general Aoun que era ya primer ministro en los años 80 del pasado siglo y que ha seguido desde entonces, intermitentemente, en los aledaños del poder.

El primer ministro, que acaba de dimitir es Saad Hariri, que también lleva años entrando y saliendo del Gobierno, pero además es hijo de Rafiq Hariri, también primer ministro en el pasado y el empresario más influyente del país hasta que fue asesinado en una oscura conjura en el 2005, posiblemente a manos de Hezbolá, con los cuales Hariri hijo tiene una coalición.

En la política libanesa los apellidos se repiten. Y también las cuotas de poder, fijadas por el Pacto Nacional de 1943, que ni siquiera se puso por escrito. Ese sistema reserva la presidencia del país a un cristiano, la jefatura del Gobierno a un musulmán suní y la presidencia del Parlamento a un musulmán chií. El sectarismo sustituye así a la política. Se dice que la alternativa sería la guerra civil, aunque lo cierto es que el Líbano ha tenido guerra civil igualmente, a pesar, o quizás a causa, de este sistema que además de antidemocrático es ineficiente.

«Los libaneses no protestan contra el sectarismo, sino contra la ineficiencia» Contra esto es contra lo que están protestando los libaneses en estos días, a veces violentamente: no contra el sectarismo sino contra la ineficiencia. El Líbano ha sufrido un descalabro económico y ahora es el tercer país más endeudado del mundo. Pero en el Líbano no es fácil distinguir entre lo que funciona mal por culpa de la crisis, por culpa del sistema o por culpa de que no ha sido reparado desde el final de la guerra. La presencia de más de millón y medio de refugiados de la guerra de Siria -Líbano tiene solo seis millones de habitantes y el tamaño de Asturias- todavía fuerza más las costuras del país.

Ante la impopularidad de su Gobierno en la calle, el primer ministro Hariri ha intentado una crisis de gobierno. De paso, quiso aprovechar la oportunidad para deshacerse de un rival en el gabinete, el ministro de Exteriores, Gebran Bassil. Pero Bassil es el yerno del presidente Aoun y además un aliado cristiano de los chiíes de Hezbolá, con lo que el primer ministro ha roto ese frágil equilibrio en el que se funda la política libanesa. Por eso le han forzado a dimitir. Y como en el Líbano todo es barroco y complicado, después de forzar su dimisión, Aoun y Hezbolá ahora le exigen a Hariri que permanezca en su puesto -ya si poder alguno- para restablecer ese equilibrio perdido.

El problema es que, después de haber echado del país a las fuerzas sirias, después de haber incorporado al poder a la milicia chií Hezbolá y de alejarla de él de nuevo para volver a incorporarla, después de acercarse y distanciarse de Arabia Saudí, se han acabado las explicaciones que los libaneses se daban a sí mismos de por qué su país no termina de ser normal. Nacido como una anomalía en Oriente Medio, quizás esté condenarlo a seguir siéndolo por mucho tiempo.

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El Líbano, una anomalía normalizada