Donald Tusk, el irresponsable


El jueves por la tarde todo parecía claramente encarrilado para que el acuerdo de brexit que han pactado el Gobierno británico y la UE acabe siendo aprobado el sábado por el Parlamento británico. Se hacían números y cábalas que lo ponían en duda, pero esos cálculos se basaban en una premisa errónea: que la votación del sábado iba a ser como las de los acuerdos de Theresa May, una elección entre su texto y seguir negociando y dilatando la cuestión, quizás camino de un segundo referendo o incluso de una revocación (que siempre fueron altamente improbables).

Pero esta vez es distinto, o iba a ser distinto, porque Jean Claude Juncker se encargó de decir que la UE ya no iba a ofrecer más prórrogas y que era o este acuerdo o ninguno, es decir, una salida a las bravas. Si es así, esto le da una enorme ventaja a Johnson, porque los que voten el sábado contra su acuerdo estarán votando, en la práctica, a favor de un brexit salvaje. 

Pero entonces abrió la boca Donald Tusk, y ha creado una situación potencialmente explosiva, y ciertamente peligrosa. El presidente del Consejo Europeo pareció dejar abierta la puerta a una nueva prórroga. Esto desincentiva a muchos diputados antibrexit que podrían haber votado el acuerdo ante la perspectiva de una alternativa peor, la salida sin acuerdo, y que ahora pueden volver a fantasear con parar el brexit más adelante, de alguna manera, no se sabe cómo, algo que se ha demostrado ya quimérico por muchos motivos. 

El problema es que Tusk no se está comprometiendo a nada, ni puede hacerlo, porque la decisión de una prórroga corresponde a todos (y cada uno) de los jefes de estado de la UE. Podrían no concederla, y eso no se sabría antes del sábado. Boris Johnson podría, incluso no solicitarla. Hay una ley, la Benn Act, que en teoría le obliga a pedirla, pero, crucialmente, el Gobierno ha dicho que la recurrirá ante el Tribunal Supremo. Como poco, Johnson puede litigar en este asunto. Y solo hay dos semanas hasta una salida sin acuerdo automática si no se solicita y se concede esa prórroga. Los diputados que voten el sábado, por tanto, sabrían qué es lo que es lo que están votando si votan «sí», pero no qué es lo que están votando si votan «no». Los contrarios al brexit, por ejemplo, podrían, al votar «no», provocar la forma de brexit más radical posible, en lo que coincidirían, paradójicamente, con los probrexit más extremistas que es eso justamente lo que quieren. 

La cuestión clave es si a lo largo del viernes Tusk rectifica su metedura de pata del jueves -o su irresponsabilidad, si fue intencionado. Si la UE se mantiene en lo que ha dicho Juncker, en que es este acuerdo o nada, lo más probable es que sea aprobado el sábado en Westminster. Pero si persiste esta ambigüedad, Bruselas estaría saboteando su propio acuerdo de brexit con Gran Bretaña, un acuerdo del que Juncker se mostraba muy satisfecho. Y con razón, porque, dentro de lo que cabe, es un pacto que beneficia a la UE y suaviza el golpe de la salida de Gran Bretaña de la organización. Es, posiblemente, la última oportunidad para evitar lo que nadie quiere: una salida desordenada de Gran Bretaña de la UE.

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